Un amor a primer oído

por

in

Es imposible mirar hacia el pasado y no recordar aquel momento, en el cual, luego de un domingo en la iglesia, el sonido majestuoso de una trompeta en medio de la música cautivó mis sentidos y, bueno, también mi corazón. Tan solo fue una breve intervención, cuestión de unos pocos segundos, pero suficiente para cambiar mi vida por completo, tanto que no pude evitar la idea, o tal vez la obsesión, de querer hacerlo yo mismo. Sabía que podía lograrlo, tan solo debía esforzarme un poco. Una vez finalizada la reunión, le dije a mi mamá que quería aprender a tocar la trompeta; aún recuerdo su cara de sorpresa y extrañeza, puesto que ese instrumento no era el que me representaba de la mejor manera: mucho ruido para un niño muy callado, muy llamativo para alguien tan introvertido y tímido. Sin embargo, como toda madre, más allá de cuestionar cosas muy profundas y superando su episodio de rareza, me dijo: “vamos, hablemos con el músico a ver qué nos dice”. Nos dirigimos hacia el lugar en el cual se encontraba el grupo musical; mientras caminaba, sentía mil cosas, la melodía retumbaba en mi mente y las emociones a flor de piel, imaginándome tocando una trompeta y haciendo realidad aquel deseo. Hablamos con el músico (quien realmente no fue demasiado amable), tan solo dijo que primero tenía que aprender a tocar la flauta dulce, algo que para mí, en ese momento, no era una idea demasiado llamativa. La flauta no es un instrumento muy destacable o apetecible; sin embargo, frente a mí se abría una oportunidad, tenía que intentarlo. Después de todo, las cosas buenas siempre requieren esfuerzo. Menos mal que el instrumento que me pidieron aprender no era el más caro de todos; mis padres lograron regalarme una flauta, pero no alcanzó para el profesor. Sin embargo, eso no fue suficiente para renunciar; aquella melodía seguía presente en mi memoria, no podía detenerme ahora: “tengo que intentarlo”.

Fue así como, sin pensarlo dos veces, me puse manos a la obra: “no debe ser difícil imitar los sonidos de una canción. A ver, intentemos con los pollitos: tan tan tan tan tan tan.” Lo intenté, y, sorprendentemente, de una manera demasiado rápida, logré imitar aquella canción sin demasiado esfuerzo; realmente no lo podía creer, es muy sencillo (pensé). Así que continué intentando una y otra vez, con diferentes canciones, hasta que hacerlo se volvió tan sencillo como silbar. Logré enamorarme de aquel instrumento, más que de la idea de tocar la trompeta, esta era una forma tan sencilla, pero tan grandiosa, de expresarme. No existe nada como la flauta (pensaba). Al final de cuentas, ya no quería aprender a tocar trompeta; había encontrado en el camino un amor más atractivo que el primero, uno que me cautivó desde la primera canción. Pasaron los años, realmente muchos; aprendí a tocar otros instrumentos de viento, pero nunca toqué la trompeta. Siempre, en mi momento más íntimo, estaba aquella flauta sencilla, la cual me acariciaba el alma cada vez que necesitaba desahogarme de algo.

Años más adelante decidí aprender un poco más de música; ya con un poco más de tecnología e información a la mano, me convertí en algo similar a un autodidacta y digo «similar» porque no concluí muchas ideas al respecto, o bueno, algunas cosas no las aprendí a profundidad. Sin embargo, cuando empecé a entender cómo funcionaba el tema: aquello de las notas musicales, las escalas, los acordes, la melodía, el ritmo y demás elementos de la música de una manera un poco más académica, no dejaba de sorprenderme como un niño de tan solo unos 7 años, tal vez, había podido lograr algo que, a la luz de la teoría, no es tan sencillo como el solfeo, sobre todo hacerlo solamente usando el oído como medio. No conocía ni el nombre de las notas en ese momento (cuando interpreté mi primera canción), ni cómo se relacionaban unas con otras, pero de alguna manera lo logré; fue entonces cuando entendí que algunas personas nacemos con habilidades especiales, o bueno, más que especiales, tal vez un poco diferentes, y pues las mías no eran del tipo social o, no sé, oratorio en ese momento, pero descubrí que existen formas de sacar aquello que llevamos dentro con elementos que las personas a nuestro alrededor tal vez no pueden comprender.

Mi amiga flauta se convirtió en confidente de muchas lágrimas y risas, de muchos intentos de aprendizaje fallidos y otros exitosos, de muchas etapas de mi vida. Hoy puedo ver hacia atrás y entender el sentido tan grande que tiene este instrumento en mí; fue mi amiga cuando fui niño. A través de ella tenía una voz, una que la gente escuchaba y realmente halagaba. Me conoció en mi adolescencia, cuando el mundo parecía conspirar en mi contra y nadie lograba entenderme. Me conoció cuando me enamoré por primera vez, cuando quise conformar una familia, cuando fui esposo, y de hecho es confidente en algunos momentos íntimos con mis hijos en casa hoy por hoy. No importa que realmente nadie más conozca mis habilidades con este instrumento; la verdad es que nunca ha sido mi motivación. Lo que sí ha sido motivación es encontrarme a mí mismo; sin pensarlo, encontré en medio de la melodía una forma para deshacerme de aquello que acarreaba en el corazón. Después de todo, no importaba si no tocaba muy bien; lo importante era hacerlo con el alma. Además, la mayoría de las veces, yo mismo era mi único oyente, y al final de cuentas, no necesitaba nada más que eso. En mi viaje hacia mi propio conocimiento, encontré un pasajero que se hizo parte de mí.

Hace unos años sufrí un accidente, uno que realmente cambió en gran manera mi vida. Sufrí la pérdida de la tercera falange del tercer dedo de la mano derecha, y recuerdo que fue traumático para mí ver una parte de mi cuerpo desprendida por completo frente a mí, ver la actitud de mi esposa e hijos, quienes no sabían cómo ayudarme. Recuerdo que, mientras controlaba yo mismo mi hemorragia en el taxi rumbo al hospital y con mi bella esposa al lado, demasiado preocupada por demás, en mi mente cruzaba un pensamiento más en medio de tantos que pueden llegar a pasar en ese momento por la cabeza de alguien que sabe que su vida no será la misma. Pero cuando este pensamiento llegó, sentí un dolor algo especial: “¿podré tocar mi flauta nuevamente?” Más allá de lo que cualquiera hoy día pueda pensar, o tal vez de lo simple que puede parecer el tema, este sentimiento de interrogación inundaba mi mente y corazón; sabía que encontraría la manera, pero aun así era difícil aceptarlo. Luego de todo el proceso médico para poder superar aquel episodio, apenas sentí tener la capacidad suficiente para hacerlo. Busqué mi flauta e intenté tocarla nuevamente; ya habían pasado un par de meses sin hacerlo, así que estaba un poco “oxidado” también. Sin embargo, y luego de un par de intentos, logré hacerlo. Para quienes saben de música, y bueno, de este instrumento, saben que el dedo que sufrió la afectación corresponde al que determina el sonido de la nota “Mi”. Esta nota tiene una característica especial, y es que la distancia tonal con la que le sigue ascendentemente, que es “Fa”, es de un semitono, que es menor a la distancia que hay con la nota descendente que es “Re” (con la cual hay un tono de diferencia). Además, para el caso del instrumento en cuestión, la posición de los dedos, en el evento de requerir una nota como Mi bemol (intermedia entre Mi y Re), correspondería a realizar un movimiento “especial” (tendría que tapar medio orificio usando el dedo que justo había sufrido la lesión). Era una tarea de precisión; aún con la mano completa no es tan sencillo, pero para alguien en mi condición realmente sería un reto. De todas maneras, tenía que intentarlo; para mi sorpresa, al igual que aquella primera vez de niño, solo me dejé llevar y lo logré.

Hoy día conservo mi vieja flauta, la uso para acompañar a dormir a mis hijos, quienes de alguna manera, en lugar de que el ruido los mantenga alertas, hacen que mientras yo solo toco (realmente me desconecto de todo) ellos se duerman y siento que logran descansar de una manera especial. Confieso que no es el instrumento que toco todos los días, realmente desde hace un tiempo ha sido el ukelele mi compañero en estas situaciones, pero a pesar de todo, tiene un efecto muy similar en mí y en ellos. Hoy día comprendo que todo esto es parte de lo que soy como persona, como individuo y que es algo que me sirve como pretexto para seguir siempre adelante, siempre con la misma intención de cada día ser mejor y perseguir mis sueños, lo que es a su vez algo que deseo transmitir a mis hijos y familia en general. Espero que de alguna manera este relato logre motivarle a seguir adelante, a entender que la vida está llena de retos y de oportunidades, que realmente depende en la mayoría de los casos de nuestra actitud frente a cada una de ellas el nivel de crecimiento que podamos experimentar. Le animo a esforzarse y a no dejar de luchar por aquello que deseamos.


Descubre más desde Manuel Monsalve

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario