Devocional diario.
Basado en génesis 1: 1 – 13.
Así como los cielos y la tierra y todo cuanto existe en la naturaleza, ha tenido un comienzo, de igual forma nuestra vida. Dios se tomó el trabajo de crear y darle forma aún desde antes que fuésemos puestos en vientre de mamá.
Aunque papá y mamá nos planearan o no, tal vez llegamos a sus vidas de sorpresa; sin embargo, para Dios, fuimos parte de su plan, fue Él quien ideó nuestra existencia «fuimos planeados por y para Dios» «Él es nuestro creador» (Salmos 139: 16).
El Génesis nos enseña que cuando la tierra fue creada, estaba desordenada y vacía. (Génesis 1: 2a) Dios vio que aquello que había hecho no se encontraba en orden, además, estaba vacía, por lo tanto no cumplía con su propósito.
Al igual que la tierra, a pesar de que nosotros fuimos creados por Dios, antes de que Él iniciara su obra, nos encontrábamos desordenados y vacíos.
Cuando Dios no dirige nuestra vida, es muy fácil mantenernos de esa manera. De hecho, si Dios no hubiera continuado su obra con la tierra, nunca hubiera llegado a cumplir el propósito que tiene en sus manos; así también nosotros fácilmente nos mantenemos alejados de su propósito cuando no permitimos que sea Él quien dirija nuestros pasos. La Biblia indica que nuestro Dios es un Dios de orden (1 Corintios 14: 33 TLA), pero así como la tierra necesitó de la intervención de Él para poder adquirir la forma y desarrollarse en su voluntad, además de mantenerse en esta condición, realizando cada función que le asignó, así también nosotros necesitamos de su intervención para llegar a cumplir su propósito.

La tierra carecía de fruto, estaba vacía (Vs. 2), lo que la cubría no era agradable para Dios ni era de beneficio; así también, cuando nuestra vida (al no ser dirigida por Dios) se encuentra vacía, y muy seguramente el fruto que produzcamos no sea bueno, aun cuando estos puedan ser muchos, con todo y todo no son agradables para el Señor, por tal motivo no son convenientes para el hombre.
¿Qué cubría la tierra? Las tinieblas; lo cual representa la maldad; además, producto de esto mismo no era posible que la misma tierra identificara su desorden. Y es que tal vez, el motivo por el cual pensamos que no necesitamos de Dios, es porque creemos que nos encontramos en orden. No sé si no han notado que cuando alguien es desordenado, realmente no lo nota; muchas veces no es consciente de que sufre de ese trastorno, pues, como la tierra se encontraba en oscuridad, no podía identificar su verdadera condición. Podríamos decir que para la tierra todo estaba bien o tal vez se sentía conforme con lo que era, pues después de cuentas ya fue Dios quien la había creado (es una metáfora, sabemos que la tierra no puede pensar). Sin embargo, Dios ni se conforma ni se resigna; por lo tanto, cuando nuestra vida no está cumpliendo su propósito, seguramente es porque existe oscuridad en ella.
Por otro lado, la palabra de Dios dice que el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas (Génesis 1: 2b), y esto nos permite ver que, aun cuando la tierra se encontraba en esta situación (continúa siendo metáfora), su Santo Espíritu se movía sobre ella. Y es importante notar la relevancia del término «sobre», pues aclara que era «con» ella y no «en» ella; seguramente observaba su condición e intercedía con el Padre a su favor.
Nuestra vida, muy a pesar de encontrarse desordenada, vacía, en tinieblas y tal vez lejos de ser dirigida por Dios, su creador, no puede esconderse de su Santo Espíritu; Él siempre está sobre nosotros, observándonos, escuchándonos, analiza nuestra condición, nuestro desorden. Él sí puede ver el vacío que hay dentro de nosotros y que tal vez ocultamos en tantas cosas, o que tal vez desconocemos que existe, y de esta manera intercede ante el Padre a favor nuestro.
Lo primero que Dios creó luego de aquel reporte que llegó ante su presencia (dado por el Espíritu Santo) fue la luz (Génesis 1: 3), no por otra cosa que para que la tierra fuera consciente de su situación; con esto, el proceso de «alineación» con su voluntad sería más fácil.
La tierra nunca pidió la luz, así como nosotros nunca pedimos conocer a Dios; realmente fue Él quien, en su infinita misericordia, puso su mirada en nosotros. La luz era buena, necesaria, razón por la cual separa la luz de las tinieblas; a esa luz le asignó un nombre «día» y a las tinieblas les llamó «noche» (Vs. 5).

Luego de organizar las tinieblas (Vs. 4) , empezó a ordenar las aguas (Vs. 6), y tal vez pensemos que esta tarea era un poco sencilla, pero realmente era demasiado necesaria, pues de no haberlo hecho, el hombre no tendría qué beber. En términos generales, no existiría diferencia en los servicios que cada una de estas aguas puede brindarnos hoy en día. La palabra de Dios menciona que se debería diferenciar la tierra del agua (Vs. 6-7); de tal manera creó un espacio firme, sobre el cual continuaría su plan. Luego, esto llamó a la expansión de arriba «Cielo» (Vs. 8).
A pesar de que el agua es buena, requería de un orden; tal y como estaba no era suficiente, no cumplían con su propósito. Por lo tanto, las ordenó y puso límites a estos lugares, llamando a lo seco «tierra» y a la reunión de las aguas «mares». De esta manera, cada uno de esos lugares ya se encontraba con un orden definido por Dios; por lo tanto, podemos observar que lo que siguió fue la fructificación de ambos escenarios. La tierra dio frutos y semillas y el mar hizo lo mismo.

Es maravilloso el orden de Dios; creo que es demasiado necesario en nuestras vidas.
Martha Parra
¿Quieres recibir contenido similar? déjanos tu dirección de correo, a síguenos en Instagram .
Deja un comentario