Devocional diario: la luz de Jesús.

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Basado en Juan capítulo 1

Hasta ahora hemos podido ver un poco más de forma detallada la forma en que fueron creados los cielos y la tierra, junto con todo lo que en ella permanece; también cómo fuimos creados y la forma maravillosa en que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo estuvieron de acuerdo para dar detalle a todo lo existente, estableciendo así para sus criaturas funciones que fueran útiles para todos.

De Igual manera, la relación que Dios y la pareja tenían en el huerto del Edén; una bella amistad que produjo en el corazón de Satanás una envidia que le llevó a idear un plan perverso para destruir lo que Dios, el hombre y su compañera disfrutaban.

Pero el hombre había incurrido en desobediencia y sus actos le habían sacado de aquel lugar de privilegio. En su nuevo hogar, junto a su esposa, luchaban día tras día para tener lo necesario para vivir. Nada era fácil y, sin las instrucciones de Dios, era aún más complejo.

Esta primera etapa de este conjunto de devocionales basados en el génesis nos muestra el plan de Dios en cuanto a la familia, su modelo original y la forma en como el enemigo logró elaborar un plan malévolo para modificar la imagen original de Dios, y alejar al hombre del privilegio con el cual contaba pero que desconocía hasta el momento.

Ahora, continuaremos con quello contemplado en el libro del Apóstol Juan, el cual nos presenta un evangelio profundo de todo lo que el verbo (Jesús) realizó durante su ministerio.

Comienza enseñándonos que en el principio, o en los comienzos (Génesis), Jesús estaba presente, por lo que dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, y que por medio de él (Jesús) fueron establecidas todas las cosas, y sin él nada de lo creado llegó a existir.

Esto nos permite comprender la importancia de la participación de Jesús, el hijo, durante todo el proceso de la creación.

En él estaba la vida; él era en aquel comienzo la luz, esa luz que resplandeció para que, a través de ella, se percibiera el caos que tenía la tierra.

Juan se presenta como enviado de Dios para dar testimonio de aquella luz y que todos los que escucharan su testimonio pudieran creerlo.

Anunciaba la venida de aquella luz a la tierra; de hecho, ya estaba en ella.

Aquella luz había tomado la forma de hombre para habitar en medio de nosotros como cualquier otro hombre.

Siendo Dios, había tomado la forma humana para darse a conocer, pues sabemos que a Dios nadie le ha visto, pero este Jesús, que era el mismo hijo de Dios, venía a la tierra para dar a conocer al Padre.

Su gran misión era redimir la hombre del pecado, de esta manera quitarle a Satanás la autoridad que tenía sobre el hombre por causa del pecado cometido en el huerto.

Vino primeramente a los suyos, pero ellos no le reconocieron. A los que le recibieran y creyeran, les daría el derecho de ser hijos de Dios, y ¿cómo sería posible esa adopción? A través de la fe.

Juan pregonaba a voz en cuello dando a conocer esta verdad y este acontecimiento, porque su ministerio era preparar el camino para Jesús.

Al oír los sacerdotes y levitas el testimonio de Juan, quisieron saber si todo lo que Juan decía se refería a sí mismo, a lo cual él deja en claro que no lo era y que ni siquiera era digno de desatar el calzado de sus pies.

Juan invitaba a que se arrepintieran de sus malos caminos y se volvieran a Dios, que se bautizaran para alcanzar ese perdón de pecados.

Juan tenía plena certeza en su corazón de que ese Mesías venía al mundo y que ya estaba en el mundo, pero no tenía certeza de quién era esa persona.

No podemos precisar, cuántas veces pudo haber orado Juan pidiendo al Padre tener esa certeza de reconocerlo al verlo. Seguramente por esto, el Padre le dio una señal convincente: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu desciende y permanece, es el que bautiza con el Espíritu Santo”.

Así pues, podemos observar que cuando Jesús llega al Jordán, al lugar en el cual Juan estaba bautizando, éste al mirarlo lo reconoce.

Jesús entrar a las aguas para ser bautizado por Juan, justo en ese momento el Espíritu de Dios descendió y se posó sobre Él.

Al ver esta señal, Juan tuvo certeza en su corazón de que, evidentemente, este Jesús era aquella luz que había venido a la tierra.

Al igual que Juan, nosotros hemos creído en Jesús y testificamos lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, pero aún no le hemos visto y, muchas veces, luchamos por reconocerle.

Por ello, al igual que Juan, seguramente hemos orado a Dios pidiendo que nos ayude a tener esa certeza y que podamos reconocerle.

Juan ya le había visto y tenía certeza de quién era este Jesús; por ello, aunque era un hombre al cual todos reconocían como un gran profeta de Dios, volcó toda su atención en Jesús y ayudó a sus seguidores a fijar sus ojos en Él.

Reflexión.

Aunque nuestro ministerio sea muy grande e influyente, debemos guardar nuestro corazón del orgullo espiritual; los que nos escuchan deben ser capaces de ver a Jesús e ir a un encuentro con Él; Un verdadero discípulo de Dios proclamará la grandeza de Dios.

Por otro lado podemos entender la importancia que tiene la oración en nuestras vidas, es relevante entender que Dios responde a aquello que le expresamos, vemos como Juan fue testigo del poder de Dios por causa de sus oraciones.

Si bien, no podemos hacer nada respecto al pecado de Adán y Eva, si podemos permitir que Jesús sea en nuestra vida aquella luz, que nos permite evidenciar nuestro caos, y así procurar día tras día organizar todo un poco, siempre con su ayuda y dirección.


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