Devocional diario: siendo verdaderos seguidores

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Basado en Juan capítulo 2

El apóstol enfoca toda la atención de sus seguidores hacia Jesús, revelando que Él es el Cordero de Dios. Ellos fueron receptivos a aquel mensaje, y a partir de ese momento comenzaron a seguir a Jesús.

Es evidente que Juan había realizado su papel de líder de la mejor manera posible; era un hombre confiable para sus seguidores, puesto que, ante la indicación de seguir a Jesús, no dudaron, no le cuestionaron, sino que obedecieron.

Ahora bien, es muy importante que nosotros, como discípulos de Jesús, seamos personas en las cuales nuestros seguidores puedan tener la seguridad de que no les mentiremos, sobre todo teniendo en cuenta que hoy por hoy, en medio de tantas personas que siguen a Jesús, existen algunos que solo dicen hacerlo; sin embargo, se duda de cuántos de los que decimos ser lo seamos realmente, pues los frutos que demostramos no son precisamente buenos, sin notar que de esta manera hacemos un gran daño al nombre del Padre.

Jesús inicia llamando a aquellos hombres que el Padre, en su potestad, le había revelado por medio de la comunión con el Padre, y de esta manera elige a aquellos que serían parte importante en su ministerio.

Juan el Bautista hizo un excelente trabajo con sus seguidores; ahora el camino estaba preparado para que Jesús entrara en acción en sus vidas.

Cada uno fue llamado y cada uno respondió obedeciendo; para los discípulos, todo en Jesús era nuevo porque ellos no le conocían, tan solo habían oído hablar de Él de la boca del profeta; por otro lado, Jesús sí los conocía, a cada uno de ellos.

Cuando Jesús le revela a Natanael su origen, demostrándoles que era un verdadero israelita, este se sorprendió y creyó. Al igual que Natanael, muchos de nosotros hoy creemos en Jesús, pero se necesitó que algo nos impactara para poder creer y seguirle.

Este discípulo no fue la excepción; lo que sí le asegura Jesús es que, si ese detalle le sorprendía, cosas mayores verían sus ojos. Hoy, el Señor nos dice que, si hasta hoy nos hemos sorprendido con lo que Él ha hecho en nuestras vidas, podemos tener la certeza de que cosas mayores que estas verán nuestros ojos.

Dentro de esas cosas mayores, Jesús le revela a Natanael que, a partir de ese día, vería el cielo abierto y a los ángeles de Dios que descendían sobre el Hijo del Hombre. Me sorprende la manera en que estos discípulos iniciaron su ministerio; allí estaba Dios mismo en la persona de Jesús. Él era ese mismo cielo abierto para ellos; seguramente en ese momento, estas palabras eran difíciles de comprender, pero tiempo después lo entenderían.

Todo era nuevo para aquellos seguidores de Jesús; cuántas preguntas podrían haber en sus corazones que necesitaban una respuesta. No era fácil para ellos ver a Jesús como Dios; Él era tan humano, tan parecido a ellos, no tenía nada extraño que ellos pudieran tener como referencia de ser una persona celestial, a excepción de las palabras de su líder Juan.

Al igual que los discípulos, posiblemente en nuestros corazones haya muchas preguntas sin resolver, pero puedes estar seguro de que cada una de ellas será resuelta en su tiempo.

Al ser invitado Jesús y sus discípulos a las bodas en Caná de Galilea, junto con María, la madre de Jesús, surgió una necesidad apremiante en medio de la ceremonia, y era que el vino que habían comprado para atender a los invitados se había acabado. Esto representaba una grave situación, puesto que el vino representaba alegría, celebración, redención, santidad, liberación, entre otros, de manera que el hecho de que faltara en plena ceremonia de bodas también representaba algo muy profundo. Por esa razón, María se preocupó y buscó la manera de ayudar a solucionar el impasse.

Ella sabía que Jesús podía hacer algo al respecto, por ello le buscó y le comentó la situación, a lo cual respondió que aún no había llegado su momento, que tendría que esperar. No sabemos cuántas horas pasaron, pero las indicaciones que le dio María a los que servían fueron claras: «Hagan lo que Él les diga». Esto indicaba que estos sirvientes debían estar pendientes de las instrucciones de Jesús; aunque desconocían quién era Él, simplemente obedecieron.

Sabemos por la Palabra que seis tinajas de piedra fueron llenadas de agua y, al llevarlas al maestro de ceremonias para probarlas, estaban convertidas en vino y no cualquier vino, sino aquel de la más alta calidad.

Lo sucedido en las bodas de Caná nos permite comprender lo importante que es el matrimonio para Jesús; también nos ilustra que llegar al matrimonio sin santidad, alegría, libertad y redención son indicios de la falta de la presencia de Dios.

El hecho de que Jesús fuese invitado a la boda produjo un milagro que salvó la ceremonia. ¿Cuántos matrimonios se celebran a diario en los que Jesús no ha sido o no fue invitado? Podríamos pensar que Él no es importante, pero vemos por este episodio que su presencia en nuestro hogar y en nuestra vida hace una gran diferencia. ¿Qué hubiese sucedido si Jesús no estuviera allí? Probablemente los novios habrían quedado en vergüenza frente a todos los invitados y, posiblemente, la relación de pareja hubiese comenzado con discordias.

La intervención que Jesús hizo condujo a que aquella probable vergüenza fuera transformada en admiración y felicitaciones por los invitados. Jesús no hizo el milagro para ser visto por nadie; de hecho, solo los servidores sabían de dónde había salido aquel vino. Así obra Dios milagrosamente en nuestras vidas, aún sin que nosotros lo notemos. Hoy día, son muchos los hogares que tienen falta de ese vino y que requieren con urgencia la intervención de Jesús, pero recordemos que solo vendrá si es invitado y que actuará cuando sea el momento.

Él se asegurará de que el agua insípida de las tinajas que representan nuestras vidas se transforme en el mejor vino que pueda existir.


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