Basado en San Juan capitulo 3:1-21
‘Había un fariseo llamado Nicodemo, que era un hombre importante entre los judíos. Este fue de noche a visitar a Jesús, y le dijo: —Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, porque nadie podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él. Jesús le dijo: —Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le preguntó: —¿Y cómo puede uno nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso podrá entrar otra vez dentro de su madre, para volver a nacer? Jesús le contestó: —Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu. ‘
San Juan 3:1-6 DHH
Al llegar la noche, Jesús fue visitado por un dirigente de los judíos llamado Nicodemo, quien tenía curiosidad por encontrarse con Él. Por esta razón, lo visitó en la noche, seguramente después de terminar su jornada de trabajo, y bueno, posiblemente tampoco deseaba llamar la atención de los demás líderes de la sinagoga.
Si tenemos en cuenta la posición e influencia que tenía aquel hombre, que era un maestro de la ley, era necesario que tuviera cuidado. Recordemos que Jesús ya había tenido algunos desacuerdos con los líderes religiosos del momento, por lo tanto, debía tener cuidado de no ser visto reuniéndose con Jesús. Aún así, la curiosidad fue mayor en Nicodemo, por lo que no se quedó con la intención, sino que lo llevó a cabo.
Cuando logró hablar con Jesús, Nicodemo le manifestó que reconocían que Él era un maestro que venía de parte de Dios, porque nadie podría hacer los milagros que Él había hecho si Dios no estuviera respaldándole. Seguramente quiso impresionar a Jesús con estas palabras, pero la respuesta de Jesús a Nicodemo lo dejó desconcertado: para ver el reino de Dios, tendría que nacer de nuevo.

Este lenguaje era desconocido para Nicodemo. ¿Acaso podría un hombre volver a nacer siendo viejo? ¿Un nuevo nacimiento? Esto era algo desconocido, pero Jesús no hablaba del nacimiento humano, como ya lo sabemos, sino de un nacimiento espiritual que consistía en nacer del agua y del Espíritu. Este era un requisito indispensable.
¿Por qué? Sencillo, lo que había nacido de la carne, carne era, pero lo que nacía del Espíritu, Espíritu era, dando a entender así la obra tan importante que vendría a realizar el Espíritu Santo en la vida de cada creyente. Esto nos abre un panorama demasiado grande a los cristianos, pues cada uno de nosotros necesitamos nacer de nuevo si queremos ver la gloria de Dios verdaderamente en nuestras vidas.
Este nuevo nacimiento es indispensable para todos. De esta manera, tal vez podamos vivir agradando a Dios, y seguramente lograremos además servir al prójimo.
Nicodemo tenía conocimiento, ejercía un liderazgo, pero no tenía el Espíritu de Dios en su vida. Esto también nos enseña que podemos tener mucho conocimiento de la Escritura y estar ejerciendo un ministerio, y aún así, no haber sido bautizados con el Espíritu Santo, lo cual nos deja ver por qué muchos líderes fracasan. Y es que son ellos mismos quienes dirigen, y no el Espíritu Santo, aquel que verdaderamente debe ser nuestro horizonte.
Nicodemo no podía comprender cómo sucedía esto, que alguien pudiera nacer de nuevo, ante lo cual Jesús le hace una pregunta: «¿Eres tú un maestro de la ley y no entiendes esto?».

De esta manera, logra dejar en claro que, teniendo en cuenta su puesto, debería entender lo que es espiritual. Él le estaba hablando de lo que sabía y veía, y aún así ellos no le creían.
Si no creían las cosas terrenales, tampoco entenderían ni creerían las celestiales. Solo Jesús podía hablar de estas cosas, porque había descendido del cielo y al cielo volvería. Y de la misma manera que Moisés había levantado la serpiente en el desierto, así sería levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna.
Esta era la forma como el Padre había mostrado su amor a la humanidad, entregando a su único Hijo para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga la vida eterna. Y es importante entender que esta palabra no se encuentra escrita como algo pasado, sino que el tiempo de la oración es el presente continuo, dejándonos ver que sigue siendo igual y seguirá de tal manera, demostrando la importancia de creer.
Jesús no venía a condenar el mundo, sino a salvarlo. Nicodemo ya creía en el Padre, pero ahora necesitaba creer en Jesús y ser lleno del Espíritu Santo.
Reflexión
Qué bendecido fue Nicodemo con aquella visita a Jesús, toda su perspectiva acerca de la vida eterna cambió completamente. Jesús le reveló su verdadera necesidad; fue luz, aquella que nos permite ver el desorden que no vemos. El Señor le muestra lo que realmente necesitaba para entrar en el reino de Dios.
Podemos concluir que cuando sacamos tiempo para estar con Jesús «en Él, a solas», es allí donde Él nos revela las cosas secretas que no sabemos, pero que son esenciales para nuestro crecimiento espiritual. Él es luz, y como tal nos permite ver. No es suficiente con ir a la iglesia religiosamente, tampoco basta con estar en una posición de liderazgo o con pensar que estamos bien; en realidad, se requiere de un encuentro con el dueño de la vida, con el que bautiza con el Espíritu Santo, para que seamos transformados. Porque si nacemos únicamente de la carne, solo carne seremos.
En este nuevo día, propongámonos acercarnos a Dios y aceptar su voluntad para nosotros; que sea Él mismo quien nos enseñe nuestra debilidad, nuestras áreas a mejorar. De esta manera, seremos útiles en sus manos poderosas. Dios siempre está cerca; de hecho, la palabra de Dios indica que nuestro espíritu siempre está dispuesto; es más bien nuestra carne, nuestros deseos, lo que nos aleja de que se haga realidad su propósito en nosotros.
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