Basado en San Juan 4: 1-26
Estudio
Luego del altercado entre los discípulos por el tema de la purificación, Jesús decidió ir a Galilea nuevamente (donde había convertido el agua en vino). Le era necesario pasar por Samaria (pues el camino más directo entre Galilea y Judea pasaba por Samaria).
Durante su recorrido, llegó a un lugar llamado Sicar, un pueblito samaritano, era cerca del mediodía y Jesús se encontraba fatigado, de manera que se dirigió al pozo de Jacob; allí se sentó a esperar a los discípulos que habían ido al pueblo a comprar comida.
Mientras esperaba y descansaba, llegó a aquel lugar una mujer que venía a sacar agua. Cuando ella llegó, Jesús le pidió agua; esta petición causó asombro en la mujer, pues samaritanos y judíos no se trataban entre sí.

Muy seguramente el motivo de esta petición no fue de manera literal, sino más bien se trataba de una forma de llamar su atención. Esta petición rompió el hielo, sin embargo, debido a muchos factores posibles, ella respondió negativamente, recordando a Jesús la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Pero la respuesta de Jesús fue: «si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua que da vida».
Esta respuesta pudo generar muchas preguntas en el corazón de la samaritana. Es inevitable que, en primera instancia, pensara de manera literal: ¿agua que da vida? O si tiene agua, ¿para qué me pide?
No obstante, el abordaje de Jesús cautivó a la samaritana, y por ello su corazón fue sensible al hecho de que Dios tendría algo para ella a través de este hombre.
Pero… ¿quién era este hombre judío? ¿Y por qué debería conocerle?
¿De cuál agua hablaba? ¿Dónde tenía esa agua? Las preguntas de Jesús y, sobre todo, la convicción que viene por causa del Espíritu que estaba con Él causó en ella curiosidad. Ahora ella quería saber un poco más, por ello continuó hablándole.
La respuesta de la mujer no se hizo esperar. Humanamente tenía lógica; Jesús estaba pidiendo agua, no tenía con qué sacarla del pozo, pero a la vez le estaba ofreciendo agua viva. Además, el pozo era muy hondo; ¿cómo iba a sacarla?

Aquella mujer no entendía cómo era posible lo que Jesús estaba diciendo realmente. Lo único que sabía era que ese pozo era muy especial e importante para ellos porque se los había dejado Jacob, su antepasado. ¿Acaso había una agua más especial?
Jesús le aclara que esa agua del pozo de Jacob no podía quitar la sed que ella tenía, pero el agua que Él le estaba ofreciendo le garantizaba no volver a tener sed jamás.
¿Por qué? Esa agua dentro de ella se convertiría en un manantial. Al oírlo, ella quiso de esa agua, aunque no estaba entendiendo precisamente lo que Jesús le estaba revelando. Muy seguramente ella creía que si tomaba de esa agua, ella no tendría que volver a ese pozo, ya no lo necesitaría. Por lo cual, sin pensarlo, le dijo: «dame de esa agua».
Pero Jesús le dijo: «llama a tu esposo». Ella negó tener un esposo. Humanamente pienso que no quería ir a su casa a llamarlo porque posiblemente cuando volviera con su marido, este hombre (Jesús) ya no estaría.

Entonces prefirió decir que no tenía, pero Jesús le dijo que era verdad porque ya había tenido cinco maridos y el que tenía tampoco era su marido. Esta respuesta de Jesús sorprendió a la mujer, puesto que era la primera vez que le veía. Entonces, ¿cómo sabía su pasado?
Por lo cual ella le dijo: “me parece que eres profeta, pues solo alguien como un profeta podría hablar de esa manera”.
Continuó su conversación preguntándole sobre algo que se relaciona directamente con el lugar de la adoración. Ella preguntó a Jesús: «nuestros antepasados adoraron en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén». Ella sabía que solo alguien como él podría responderle aquel interrogante que había en su corazón, por lo cual no perdió la oportunidad de aprovechar el momento.
Jesús respondió: “querida mujer, que viene la hora que ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. Ahora ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación proviene de los judíos”.

¿Qué pasaría por la mente de ella al oír esta declaración? ¿Acaso los samaritanos no conocían a aquel que adoraban? ¿Sería verdad que los judíos sí le conocían?
Me asaltan algunas preguntas al leer esta palabra: ¿qué tanto conocemos nosotros hoy día a aquel que adoramos? ¿Cómo era la adoración que profesaban los judíos a Dios?
Jesús le aseguró a la mujer que la hora ya había llegado. ¿Cuál hora? Aquella en que los verdaderos adoradores rendirían culto al Padre, en espíritu y en verdad, pues era así que Él quería que le adoraran.
¿Por qué en espíritu? La respuesta es muy sencilla pero profunda: Dios es Espíritu y verdad, así que los que le adoran deben hacerlo en estas mismas condiciones.
Imagino que para ese instante, aquella mujer ya había comprendido que aquel hombre con el cual hablaba no era alguien común y corriente, sino alguien que venía de parte de Dios, pues solo una persona así hablaría de la forma que él hablaba.
Por esto ella le confirma que también conocía la palabra de Dios, pues tenía conocimiento de que el Mesías, llamado el Cristo, vendría y les enseñaría todas aquellas cosas que ellos no entendían. Al oírla, Jesús le afirmó que Él era ese mesías que ellos estaban esperando.
La vida de aquella mujer cambió rotundamente después de aquel encuentro, pero se necesitó que fuera un encuentro verdadero con el dador del agua viva para conocer la verdad y ella fuera libre.
Reflexión
Muchas personas van por la vida con un cántaro al hombro de dificultades, de preguntas, de problemas, y aunque acuden al pozo a sacar agua para llevar a su casa y con esa agua alimentar a su familia, siempre tienen sed, porque esa sed no se quita con esa clase de agua. Esa sed que hay en sus vidas solo puede erradicarse con agua de vida, y para beberla debemos ir a Jesús. Solo Jesús puede darnos esa agua que nos garantiza sanidad, libertad y salvación.
El que tenga sed, venga y beba del agua de vida que Jesús da gratuitamente. Estoy seguro de que hasta este momento podemos pensar que hay algo dentro de nosotros identificado con esta agua. Tal vez es paz lo que necesitamos, tal vez la culpa está sobre nosotros, o quizá se trata de ansiedad y depresión aquello que nos quita la calma. Pero para todo esto, que difícilmente entendemos, la solución no está en ir al pozo de los distractores o de la negación, sino más bien en buscar a aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos y entregarle nuestro corazón.
Estoy seguro de que al igual que Jesús le dio aquella agua a la samaritana, te la dará a ti si le buscas verdaderamente. La palabra de Dios indica que un corazón contrito y humillado Él no rechazará.
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