Basado en San Juan capítulo 4: 43-54
Estudio
Luego del milagro realizado en Caná de Galilea, en donde había convertido el agua en vino, algunos de los que estaban en aquella fiesta, tras lo ocurrido, creyeron en Jesús, pues nadie hacía esa clase de milagros, por lo que algunos deseaban volver a verle.
Dos días después de estar con los samaritanos, se dirige nuevamente a Caná de Galilea, no sin antes hablarles a sus discípulos de que ningún profeta es honrado en su propia tierra, algo que a decir verdad, hoy por hoy sigue siendo cierto.
Lamentablemente, en el lugar donde menos se le aprecia a un siervo de Dios, muchas veces, es en su propia casa, su propia iglesia y su propia familia, Jesús no era la excepción, justo por esto Él lo decía.
Al llegar a Caná, fue muy bien recibido. La verdad es que los habitantes de aquel lugar tenían una gran expectativa respecto a Él; además, algunos de ellos, seguramente habían estado en la fiesta de bodas en donde el agua fue convertida en vino, y aunque Él no dijo nada de lo ocurrido, muy seguramente aquellos hombres que habían participado, llevando las tinajas vacías y sacando el agua, para luego llevarla al maestro de ceremonias, divulgaron lo ocurrido. Este milagro no quedó en secreto, sino que muchos supieron.

Allí, en Capernaúm, había un oficial del rey que tenía su pequeño hijo enfermo, a punto de morir. Cuando este oyó que Jesús estaba en su ciudad, corrió inmediatamente a buscarle, para pedirle que fuera a su casa y sanara a su hijo.
Tras la petición de aquel padre angustiado, Jesús respondió: «si no vieras milagros, no creerías»; quizás hoy nosotros, al oír aquella respuesta, podríamos pensar que Jesús fue un poco duro con este hombre, pero la verdad es que nada hay oculto ante los ojos de Dios, y aunque este oficial buscó a Jesús para interceder en favor de su hijo, la verdad es que no lo hizo porque creyera en el poder sanador del Señor, sino que probablemente era su último recurso.
Después de todo, su hijo estaba al borde de la muerte y nadie había podido sanarlo; si Jesús no lo hacía, habría agotado su último recurso.
Así que Jesús lo primero que le exhorta a este padre es su incredulidad, a lo cual el padre responde: «Desciende antes que mi hijo muera».

Esta respuesta nos deja ver que realmente lo único que le interesaba al padre era la sanidad de su hijo, que su hijo no muriera, pero en sí mismo no estaba interesado en conocer a Jesús ni en escuchar su mensaje de salvación.
Desafortunadamente, este tipo de situaciones es recurrente hoy día; son muchas las personas que utilizan la fe como un medio, tan solo quieren el milagro o un propósito. Sin embargo, el plan de Dios es mucho más grande que esto.
El pueblo cristiano ha llevado el mensaje de salvación a muchos lugares y muchas personas lo han oído, pero así también son muchos aquellos que, por la dureza de su corazón, no creen en Jesús y cuando se acercan a Él, o le buscan, es porque tienen una necesidad inmensa, algo similar a la de este padre de familia.
Una vez alcanzado su propósito, se mantiene lejos del Señor, pues lo único que buscaban realmente era una sanidad, una restauración familiar, un milagro, un empleo, nada más.
Muy seguramente esto suena fuerte, pero lamentablemente es la realidad que tristemente se vive. Luego de aquella petición, Jesús le dijo a aquel oficial: «ve, tu hijo vive»; el hombre creyó y se fue a su casa.

Me sorprende ver que Jesús no fue a sanarlo, sino que simplemente envió la palabra, pero, ¿por qué no fue?
Jesús trata con cada uno como corresponde. Aquel hombre estaba acostumbrado a dar órdenes, conocía el valor de la palabra; sabía que si alguien con autoridad decía algo de manera imperante, esto debía realizarse. Por esto aquel hombre no refutó; dice la Palabra que creyó simplemente.
Esto a su vez indica que reconoció la autoridad que tenía Jesús, y puedo ver lo maravilloso del Señor, en que no solo se encargó de escuchar la petición de aquel hombre que fue sincero. Él nunca dijo que quería salvarse, dijo que quería que su hijo se sanara.
Fue ante Dios con una necesidad. Es sorprendente como Dios, a través de su hijo, toma esta necesidad y hace dos cosas al mismo tiempo; no solo le da a aquel hombre lo que desea, sino que le deja en el corazón la solución para el problema que ni siquiera él mismo había identificado (su falta de reconocimiento de su condición y la necesidad de ser salvo).
Al regresar el oficial a su casa, los sirvientes salieron al encuentro y le dijeron: ¡Tu hijo vive! Por lo tanto, lo primero que este hombre pregunta es: ¿a qué hora comenzó a estar mejor? Así que le respondieron: «ayer a las siete le dejó la fiebre». Entonces el oficial recordó que precisamente a esa hora Jesús le había dicho: «ve, tu hijo vive».

Luego creyó él y todos los de su casa. En este momento se consolida el doble milagro que Jesús realizó; aquella incredulidad que había en el corazón de aquel oficial cayó tras la evidencia de que su hijo estaba sano y que efectivamente era Jesús quien le había sanado.
A eso se refería Jesús cuando dijo que, si él no veía un milagro, no creería; no hablaba únicamente del milagro de la sanidad de su hijo, sino de la incredulidad del padre. Fue por eso que Jesús no descendió a su casa para sanarlo, pues de esta manera aquel oficial no tendría dudas de su poder. Milagrosamente no solo un hijo recibió sanidad, sino que toda una familia pudo creer en el Señor.
Reflexión
Jesús dijo: bienaventurados los que sin ver creyeron; este pasaje de la Escritura nos permite comprender que la incredulidad puede estar alojada en cualquier corazón, aun en aquellos que buscan a Jesús por un milagro.
No todos los que le buscan creen, ni todos los que creen le buscan, y aunque esa incredulidad esté disfrazada de piedad, a los ojos de Dios no está oculta; sus ojos ven todo y delante de Él no hay nada oculto. Cuando obra en nuestra vida, lo que anhela es que le creamos.
Quizás hoy nosotros podamos decir que creemos en el Señor, pero eso es algo que solo Él sabe. Hoy te invito a que digamos al Señor: Padre, yo creo en ti, pero ayuda mi incredulidad.
Otra cosa que podemos destacar es que justo la sinceridad de aquel hombre le llevó a recibir no solo dos, sino más bendiciones en un mismo día, pues Jesús actuó de tal manera que pudiera ayudarle aún más de lo que él pensaba en su humanidad.
La Palabra también indica que sus pensamientos son más altos que los nuestros, y veo que es muy real. Por otro lado, creo que la respuesta de Jesús a aquel oficial no era la que él esperaba; tal vez pensó que iba a ser amable, o que diría algo que automáticamente sanara a su hijo, o no sé, algo excepto un regaño.
Seguramente en ese momento vino la desilusión a su corazón; sentía perder su última esperanza, seguro sintió enojo, pues ¿qué le costaba? Sin embargo, podemos ver que el final fue mucho mejor que lo esperado inicialmente.
Ahora yo pregunto: ¿cuántas veces Dios ha respondido de la manera que no esperamos? O mejor, ¿cuántas veces creemos que Dios no nos ha respondido? Seguramente, al igual que en mi caso, son muchas; pero eso no significa que su respuesta no sea la mejor para nosotros, o que su amor no esté presente.
Nos ama tanto que dio su vida por algunos, que a veces no tenemos tiempo para eso. Él, conociendo nuestras excusas, eligió dar su vida para salvarnos.
Autor estudio:
Edición y reflexión:
Manuel Monsalve
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