Basado en San Juan capítulo 6: 16-20
Estudio
Luego de estar con la multitud y de aquel maravilloso milagro de la multiplicación de los panes y peces, Jesús se retiró de allí y se fue al monte. Sus discípulos, al ver que había tardado, decidieron subir a una barca que se dirigía a Capernaum.
Mientras estaban en el mar, se levantó un viento fuerte. Era de noche y ya habían avanzado mar adentro unos 25 o 30 estadios, aproximadamente unos 1600 metros, cuando vieron que Jesús se dirigía hacia ellos caminando sobre las aguas. Al verlo, sintieron un gran temor. Jesús, al ver que estaban con miedo, les habló diciendo: -¡Yo soy! No teman-. Al escuchar su voz, se tranquilizaron y le recibieron con alegría, al mismo tiempo que llegaban al lugar a donde iba.
Jesús se tomó un largo tiempo en la montaña; ya sabemos para qué se dirigía hacia aquel lugar: era su costumbre orar a solas con su Padre. Los discípulos ya conocían este proceder, para ellos no era extraño que lo hiciera. Para nosotros, hoy día, no es muy frecuente que veamos personas que dejen las reuniones sociales para ir a orar a solas con Dios, y entendemos que era un hábito en Jesús, pero no en los discípulos. Ellos estaban allí como espectadores, pero lo que Jesús hacía era para darles ejemplo de cómo debía ser una vida de oración y de cómo actuar cuando fueran independientes, cuando tuvieran que hacerlo por sí mismos.

Para todos, incluidos ellos mismos, los milagros de Jesús eran sorprendentes, pero aunque siendo Dios y teniendo todo el poder, como hombre necesitaba orar para recibir del Padre esas instrucciones que le guiaban en su ministerio.
Hoy día, muchos quisiéramos ser usados de esa manera, que pudiéramos orar por los enfermos y sanaran, que cualquier cosa que pidiéramos al Padre nos fuese dada. Sin embargo, no queremos tener una vida de intimidad con el Padre Celestial. El tiempo de oración es muy escaso y, cuando llegamos a hacerlo, estamos muy cansados; por lo tanto, la calidad del tiempo es muy mala, y esto hace que no haya unción ni respaldo de parte de Dios hacia nosotros.
Los discípulos se cansaron de esperar y, al llegar la noche, se fueron. Algo similar nos sucede a nosotros cuando esperamos una respuesta de Jesús; podemos mantenernos firmes por un tiempo, pero si vemos que no llega, preferimos irnos y no esperar. Tomamos decisiones sin saber lo que pasará más adelante, y es que esperar no es tan fácil, pero necesitamos aprender a tener la paciencia suficiente para esperar que Jesús responda. Unas veces responderá inmediatamente, pero otras no, y es allí donde debemos saber esperar.
Al levantarse aquel fuerte viento en el mar, los discípulos sintieron temor; ellos podían sentirse seguros si Jesús hubiera estado en la barca, pero no estaba, y eso era algo que les generaba inseguridad. Y no es para menos, pues si nosotros tenemos la certeza de ir en obediencia a lo que Dios nos envía, nos da seguridad; sabemos que tenemos su protección, pero caminar siendo guiados por nuestras propias decisiones, sin su compañía, nos hace sentir inseguros, y más si somos conscientes de que las decisiones que tomamos no fueron su voluntad, sino la nuestra.

Vemos que aún así Jesús se presentó en aquel mar de una forma inusual, caminando sobre las aguas, y no es para menos, además del temor que producía la tormenta ahora le anexamos ver un hombre caminando sobre las aguas y dirigirse hacia ellos, el miedo aumentó en gran manera, no era común este tipo de situaciones, el temor era mayor, Jesús lo supo, por ello les habló diciendo -Yo soy, no teman- al oír su voz supieron que era su Señor, al verle se alegraron tanto que le invitaron a subir a la barca y siguieron hacia donde iban.
Reflexión
Pueda que hayamos tomado decisiones apresuradas y hayan tiempos difíciles, seguramente tengamos la convicción de que Jesús no esta con nosotros en esa barca de dificultades, que pensemos que Él no sabe a dónde fuimos, pero lo cierto es que nunca nos dejará solos, siempre llegará en el momento que le necesitemos y aunque no le reconozcamos, al oír su voz nos traerá la paz y seguridad que tanto anhelamos para llegar pronto a donde nos dirigimos.
Y mencione «convicción» de que Jesús no está en la barca, porque aunque no lo veamos, Él conoce mejor que nadie en donde nos encontramos, inclusive la forma en la cual llegar para que reconozcamos su poder, realmente es algo que siempre me sorprende de Dios, el siempre encuentra la forma para acercarse a nosotros, para conquistarnos, para hacernos volver al primer amor.
Tal vez hoy estemos cansados de esperar una respuesta de Jesús, una respuesta de Dios, y por ello sentimos desaliento, no queremos seguir adelante, sino que más bien queremos dejar todo tras nosotros, es tiempo de poner nuestros problemas y dudas delante de su presencia, Él está más cerca de lo que se cree, siempre dispuesto a ayudarnos, así es su amor.
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