Devocional diario: El pan de vida.

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Basado en San Juan capítulo 6:31-59

Estudio

La multitud pedía a Jesús una señal milagrosa para creer en Él, le referían a Moisés, puesto que sus antepasados habían recibido pan del cielo (Maná) de manos de Moisés, así lo declaraba la escritura.

Al oír, Jesús les declara que no fue Moisés quien les dio ese Maná, sino su Padre, y ahora Él les estaba ofreciendo el verdadero Pan, este que tenía el poder de dar vida eterna a todo aquel que lo consumiera. Cuando los oyentes escucharon esto, respondieron: -danos de este pan todos los días-.

Para esta multitud no eran comprensibles las palabras de Jesús; ellos conocían la ley, sus enseñanzas estaban guardadas en sus corazones. El Maná que Moisés había dado a sus antepasados era alimento físico; ellos solo tenían que salir todos los días muy de mañana y recogerlo, pero Jesús les estaba ofreciendo un pan diferente.

El Maná les alimentaba, pero no les daba vida eterna; de todas maneras el pueblo no lo comprendía de esta manera.

El pan que Jesús estaba ofreciendo tenía la característica de que saciaba el hambre espiritual y no les dejaría volver a tener esa hambre, pues era tan completo que podría satisfacerlos eternamente.

El Maná del que se habían alimentado sus antepasados en el desierto lo consumían como cualquier alimento, pero este nuevo pan del cielo, que era Jesús mismo, se consumía a través de la fe, de creer en Él. Todo el que creía en Él estaba alimentando su espíritu con ese pan, aquel que tenía la capacidad de saciar, alimentar, nutrir, fortalecer, entre otros, y dar vida eterna.

Al igual que el Maná de sus antepasados, que había sido dado por el Padre, también este nuevo pan venía del cielo y era dado por el Padre.

El maná de los antepasados estaba allí cada mañana para ser recogido por ellos mismos, pero este nuevo alimento, que era Jesús, venía para ser buscado y recibido por cada uno; esa era la voluntad del que le había enviado. Además, lo era que ninguno de aquellos que el Padre le daba al hijo se perdiera, sino que los resucitará en el día final. Al oír estas palabras, aquella multitud murmuró entre sí, pues no entendía cómo Jesús podía proclamarse como pan del cielo, hijo de Dios y enviado del Padre, si ellos conocían a sus padres y hermanos.

Ante aquella reacción, Jesús confirmó que Él era ese pan de vida.

Reflexión

Aquel pan que Jesús estaba ofreciendo era su propia carne, y esta multitud, al oír aquello, protestó; ellos no podían comprender, ¿acaso tendrían que comer el cuerpo físico de Jesús? Por lo cual Él afirmó y aún añadió que todo aquel que comiera su carne y bebiera su sangre tendría vida eterna. Al oírlo, la multitud protestó, pues la ley declaraba que estaba totalmente prohibido tomar sangre y menos aún comer carne humana; para ellos, lo que Jesús estaba diciendo era una completa locura, iba en contra de sus leyes.

Por supuesto que no era comer su carne humana, ni beber la sangre de su cuerpo físico lo que Jesús les estaba diciendo, sino que si ellos creían en Él y aceptaban sus palabras, era a través de esa fe que se estarían alimentando. Y esa fe es la de creer que Él podía darles la vida eterna. En pocas palabras, a través de la fe en Jesús tenemos vida eterna y ¿qué es la Fe? Básicamente se trata de creer.

Todo el mundo cree en algo o en alguien, pero solo los que creen en Jesús y tienen fe en Él, tienen vida eterna.

Para aquella multitud, las palabras de Jesús y lo que les pedía para tener vida eterna no encajaban con sus creencias, por eso no aceptaban sus palabras.

Hoy día, aunque el evangelio se ha predicado en muchos lugares de la tierra y son muchos los que lo han oído, al igual que aquella multitud, para muchos ese mensaje de salvación no tiene cabida en sus corazones, por ello se niegan a creer en Jesús, porque este mensaje de la Cruz va en contra de sus creencias, de sus tradiciones, de sus propios razonamientos, negándose así a la única forma de encontrar y tener esa vida eterna que Jesús ofrece.

Muchos se niegan a creer en Dios porque no le han visto físicamente, y dicen creer solo en lo que pueden ver; tal era el caso de aquella multitud, que solo consideraba cierto lo que Moisés había enseñado y les había dado, sin darse cuenta de que lo recibido en ese entonces había sido dado por aquel que ahora estaba frente a ellos.

Y aunque tenían en sus mentes grabada la ley, no la comprendían ellos ni a quienes se las enseñaban. ¿Y por qué no la comprendían? Porque no se relacionaban con el Padre, no tenían comunión ni intimidad con el Padre, así como la había tenido Moisés.

¿Por qué Moisés había tenido tanto conocimiento? Porque hablaba con Dios y Dios con Moisés. Él había subido a la montaña y había permanecido allí en aquel lugar cuarenta días en cada llamado, mientras que sus antepasados solo se limitaban a oír lo que Dios hablaba a través de Moisés, más no querían pagar el precio de subir a la montaña como Moisés.

Solo aquellos que se relacionan directamente con el Padre Celestial tienen esa revelación y ese conocimiento. Por ello es importante tener tiempo cada día para subir a la montaña (lugar de oración) para hablar con Dios, pero aún más importante que hablar con Dios en aquella montaña, es escuchar a Dios.

Jesús dijo: Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en el secreto; y tú Padre que te ve en secreto te recompensará en público. (Mateo 6:6)

Esa montaña es el aposento; ese orar es hablar con Dios y escuchar a Dios a través de su Santo Espíritu. Allí en ese lugar secreto, se reciben las instrucciones de Dios y es allí también donde podemos aclarar aquellas dudas que puedan haber dentro de nuestro corazón.

La recompensa pública que se obtiene por haber ido a la montaña a hablar con Dios es el respaldo que Él nos da, pues al obedecer las instrucciones que se recibieron en el lugar secreto, Dios obra con poder. Por esto era que Jesús iba frecuentemente a la montaña; por ello era que todo lo que Jesús hacía no lo realizaba por su propia cuenta, sino que era lo que el Padre autorizaba a realizar, y como Jesús hacía únicamente lo que el Padre le indicaba, era respaldado por el Padre a través del Espíritu Santo.

La multitud se había conformado durante mucho tiempo por oír la ley y memorizarla, pero no se habían esforzado por orar a Dios y pedirle que les ayudara a comprenderla. De nada les servía recitar día tras día la ley si no se tenían conocimiento de ella, por esto sus corazones estaban secos, vacíos. Aunque le seguían y le oían, no creían.

¿Cuántos años habían escuchado la ley de Dios en aquel templo? Ahora el Dios de la ley estaba allí frente a ellos, enseñándoles el verdadero significado de esa ley, pero no reconocieron al Dios de la ley, ni aceptaron el verdadero significado de esa ley que habían recitado durante tanto tiempo.


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