San Juan capitulo 7:1-9
Después de esto, Jesús andaba por la región de Galilea. No quería estar en Judea, porque allí los judíos lo buscaban para matarlo.
San Juan 7:1
Jesús recorrió toda Galilea, quería alejarse de aquellos líderes religiosos, que lo único que tramaban era su muerte. Se encontraba cerca la celebración de las Enramadas; esta era una fiesta con un significado espiritual que les recordaba la forma en la cual habían salido de Egipto y cómo en el desierto habían tenido que vivir en Enramadas.
Era una celebración conmemorativa que les recordaba la fidelidad de Dios en aquel momento y la celebración era para agradecer a Dios por su fidelidad, protección y liberación de la esclavitud. Por lo tanto, era una fiesta muy importante para ellos; esta duraba siete días y el primero y último día de la celebración eran de descanso.
La familia de Jesús también subía a celebrar, de manera que también fueron, pero antes de subir hablaron a Jesús y le dijeron que se fuera para Judea para que sus seguidores pudieran ver sus milagros.
Pero esto no lo decían porque realmente apoyaran el ministerio de Jesús, sino que le hablaban de forma sarcástica porque ellos tampoco creían en él. Pensaban que sus milagros eran realizados para llamar la atención y hacerse famoso; esto nos deja ver que su propia familia le despreciaba.
Y es que ni siquiera sus hermanos creían en él.
San Juan 7: 5
Jesús no fue la excepción del rechazo familiar; Él también vivió ese proceso. Por ello, cuando nosotros vivimos ese rechazo dentro de nuestros hogares por seguirle, nos comprende.
Él sabe lo que se siente porque también lo vivió. Es por ello que nos fortalece y nos motiva a seguir adelante, a no detenernos.
Jesús les deja claro que para ellos el momento de subir a celebrar era cualquiera, pero no para él. La razón: el mundo odiaba a Jesús, pero el mundo no odiaba a sus hermanos.
¿Y por qué le odiaba el mundo? Porque Jesús confrontaba al mundo con su pecado; sus hermanos no, sus hermanos participaban con el mundo en despreciarle, porque ellos eran del mundo.
Vayan ustedes a la fiesta; yo no voy, porque todavía no se ha cumplido mi hora.
San Juan 7:8
Aún no era su momento de subir a la fiesta, lo haría cuando llegara la hora de ir; todo tiene su tiempo, dice la escritura, y de Jesús podemos aprender que nada hacía por emoción ni por presión, sino que todo lo que hacía era dirigido por su Padre; se limitaba a obedecer exclusivamente al Padre, por ello se quedó en Galilea y no subió con su familia, lo hizo después.
Me impacta ver cómo todo un pueblo se desplazaba a un lugar para celebrar una fiesta tan solemne que les recordaba su pasado y la maravillosa forma como Dios les había liberado; tenían allí a aquel Dios que subían a honrar, pero no lo podían reconocer.
Su celebración era una costumbre de muchos años, una tradición que realizaban religiosamente año tras año, pero que en sí no significaba nada más, puesto que no reflexionaban acerca de lo que Dios había realizado.
Reflexión
Hoy día son muchas las celebraciones que se realizan para honrar a Dios, pero ¿será que le agradan?
Si Jesús se presentara en una de esas celebraciones tradicionales, ¿le reconoceríamos? Y si se presentara y nos confrontara nuestro pecado, ¿le seguiríamos? O, al igual que aquella familia y pueblo, ¿le despreciaríamos?
Hoy se vive tanta religiosidad y poca comunión con Dios, por ello necesitamos buscar esa intimidad con Él; solo en esa intimidad Él nos revelará la verdad y, a través de ella, seremos libres, puesto que nuestra adoración será genuina y agradable; le será como un grato perfume.
Es impresionante ver que no con el hecho de hacer algo en nombre de Dios Él respalda los actos; a lo largo de la historia se han causado muchas muertes y cosas terribles en nombre de Dios, pero en realidad no necesariamente Él apoya eso, como a veces pensamos.
Hoy por hoy podríamos pensar que Dios estaría contento de que todo el pueblo de Israel se tomara unos días de su cotidianidad para recordar sus grandezas y me imagino que agradecerle, pero al ver la situación con Jesús podemos ver que no conocían a Dios, quien estaba en medio de ellos y no le recibían.
Cuánta sensibilidad debemos desarrollar para verdaderamente conocerle. Se necesita que, como Jesús, vayamos al monte todos los días y aprendamos algo nuevo de Él; que sea su luz la que guíe nuestro camino.
Hoy nosotros podemos experimentar la crítica y tal vez dureza que nuestra familia o aquellos allegados pueden levantar en contra de nosotros; es algo que no se hace esperar, y es normal en realidad, pues cuando elegimos seguir a Dios, realmente no le estamos haciendo daño a nadie, pero se molestan aquellos a nuestro alrededor. ¿El motivo? Que ellos aún son parte del mundo y nosotros hacemos parte del espíritu; en realidad, si llegamos a ser como un «bicho raro» para su mundo, lo somos, pues cuando Jesús nos transforma, estamos en el mundo, pero no hacemos parte de él.
Hoy, procuremos conocer verdaderamente a Dios, dejando de hacer cosas en su nombre y más bien aceptando su dirección sobre nuestras vidas; si lo que quiere es algo diferente a lo común, pues hagámoslo, más nos vale obedecer a Dios antes que a los hombres. Si su propósito es que continuemos a pesar de todo, no nos resta más que seguirlo intentando; Él se encargará de todo lo demás.
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