Devocional diario: Jesús el agua de vida.

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Basado en San Juan capítulo 7:37-52

Texto de estudio

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente este es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.

Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y estos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho? Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.

SAN JUAN 7:37-52

Estudio

El festival de las Enramadas llegó a su día número 7 y este era el día más importante. Allí, Jesús se puso de pie y a gran voz hizo una invitación a los oyentes: «Todo el que tenga sed puede venir a mí, Todo el que crea en mí puede venir y beber«. Maravillosa invitación, todos estaban allí sedientos de la presencia de Dios, todos podían venir y beber, pero ¿entendía aquella multitud a qué se refería el Señor con esa invitación? 🤔

No, lo más seguro es que no podían comprender a qué agua estaba refiriéndose, y para tener el privilegio de beber de ella, se requería algo indispensable: Creer en Jesús, y esto era algo que a la gran mayoría le costaba.

Jesús no estaba allí para juzgarlos, sino para darles una oportunidad de vida y redención; la decisión era de cada uno. Allí estaba el agua viva, y cada uno decidía si la tomaba o la despreciaba.

Allí estaba el Señor preparando el camino para la obra que vendría a hacer el Espíritu Santo en cada uno de los que creyera en Él.

Ante la invitación que hizo Jesús, muchos pensaban que él podía ser ese profeta que habían estado esperando; otros que era el Mesías, otros simplemente no lo veían así, porque según ellos, el Mesías no vendría de Galilea, sino del linaje de David y de la ciudad de Belén.

Es sorprendente que decían conocer a Jesús y a sus padres y hermanos y de dónde procedía, pero ignoraban que Jesús era de Belén y del linaje de David.

La opinión acerca de Jesús estaba dividida. Por ese motivo, algunos querían que lo arrestaran, pero aún no había llegado ese momento.

Aún los guardias del templo que habían llegado allí para arrestarlo, al oírle se maravillaban y decían: «Nunca ha hablado un hombre así

Cuando los guardias fueron a los fariseos y principales sacerdotes, les reclamaron por no haber cumplido la orden de apresarlo, pero los guardias les manifestaron que ellos le habían oído hablar y que ningún hombre hablaba con tanta sabiduría como él.

Esta respuesta les disgustó mucho y les reclamaron que si ellos también se habían dejado convencer por un charlatán, pues esta era la opinión de ellos. Además, consideraban que la multitud que seguía a Jesús era ignorante de la ley, que estaban malditos por Dios (según su criterio). Por esto, ninguno de ellos le había creído a sus palabras, y se consideraban con la autoridad para condenarlo.

Nicodemo (uno de ellos) preguntó: ¿es lícito condenar a un hombre sin haber sido escuchado? Preguntó esto porque la ley no lo permitía, pero nos damos cuenta que, aunque conocían la ley, la aplicaban a su favor dependiendo del caso, y en este, como no les favorecía, entonces la ignoraban y actuaban basados en sus propios razonamientos.

Nicodemo hizo esta pregunta porque él mismo había escuchado a Jesús y había creído en él, solo que no lo manifestaba abiertamente por temor a los judíos.

Los sacerdotes y fariseos seguían diciendo que era imposible, puesto que de Galilea jamás había salido un profeta. Lo cierto es que, muy contrario a su opinión, allí estaba frente a ellos alguien mucho más grande e importante que un profeta, y ofrecía a voz en cuello agua viva para todos los sedientos.

El cierre de este tiempo de acción de gracias fue muy especial. Era tanta la sed espiritual que había en el pueblo que Jesús, al ver su necesidad, ofreció gratuitamente para todos los que necesitaban: agua viva.

Aquella multitud, seguramente dentro de su corazón, tenías necesidades, y quizás esos espacios les permitían pedirle a Dios esas necesidades que consideraban importantes, pero la necesidad más apremiante era su sed espiritual. Pero el hecho de seguir tradiciones les hacía pensar que no necesitaban esa agua viva.

Reflexión

Hoy Jesús nos hace esa misma invitación. Aún sin que estemos celebrando la fiesta de las Enramadas, hoy es el día en que podemos agradecerle por todo lo que ha hecho, por redimirnos del pecado y de la maldición. Si queremos verdaderamente adorarle, podemos acercarnos a Él para beber esa agua viva que Él ofrece a todos los sedientos de su presencia.

¿Cuál es esa agua viva? Su precioso Espíritu Santo. Él es esa agua viva que fluía en el corazón del Señor y que estaba dispuesto a entregar a todo aquel que creyera y quisiera recibirle. Hoy también está dispuesto a venir y morar en cada corazón que le da el acceso. No entrará si no lo invitas; Él es un caballero y no forza a nadie, pero anhela que le demos ese lugar en nuestro corazón para darnos de esa clase de vida que solo Él sabe y puede dar.

Muchos piensan equivocadamente que no lo necesitan; otros simplemente creen que ya está en sus vidas, pero no hay convicción de pecado, y pecan deliberadamente sin darse cuenta.

Hoy, muchos de nosotros, al igual que la multitud, oramos a Dios por cosas que anhelamos que el Señor nos conceda, pero la necesidad más apremiante de la humanidad se llama: Sed espiritual.

¿Cuál es hoy tu mayor necesidad?

Si identificas que, al igual que aquella multitud, tienes sed espiritual, puedes venir a Jesús. Él tiene el agua viva que tú y yo necesitamos para saciar nuestra sed y podemos tenerla gratuitamente; esa agua brotará en nuestro interior para vida eterna y saciará tu sed. ¿Cómo puedes obtenerla?

Creyendo en tu corazón que Jesús es el Señor, invitándole a ser el Señor de tu vida y pidiéndole que te dé de esa agua viva que Él ofrece gratuitamente. Si lo haces, Él vendrá y te la dará; Él saciará tu hambre y tu sed. En esa agua encontrarás la paz y el gozo que jamás has tenido.

Recuerda: Él la ofrece, pero es nuestra decisión beberla.


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