Devocional diario: Jesús y la fiesta de la dedicación.

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Basado en San Juan capítulo 10:22-42

5–7 minutos

Texto de estudio

Por esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno y Jesús andaba en el Templo por el Pórtico de Salomón. Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: —¿Hasta cuándo vas a tenernos en suspenso? Si tú eres el Cristo, dínoslo con franqueza. Jesús respondió: —Ya se lo he dicho a ustedes y no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que me acreditan, pero ustedes no creen porque no son de mi rebaño. Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano. Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos; y de la mano del Padre nadie las puede arrebatar. El Padre y yo somos uno. Una vez más los judíos tomaron piedras para arrojárselas., pero Jesús les dijo: —Yo les he mostrado muchas buenas obras que proceden del Padre. ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear? Ellos respondieron: —No te apedreamos por ninguna de ellas, sino por blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces pasar por Dios. —¿Y acaso —respondió Jesús— no está escrito en su Ley: “Yo les he dicho: ‘Ustedes son dioses’ ”? Si Dios llamó “dioses” a aquellos para quienes vino la palabra (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿por qué acusan de blasfemia a quien el Padre santificó para sí y envió al mundo? ¿Tan solo porque dijo: “Yo soy el Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero aunque no me crean a mí, si las hago, crean a mis obras, para que sepan y entiendan que el Padre está en mí y que yo estoy en el Padre. Nuevamente intentaron arrestarlo, pero él se les escapó de las manos. Volvió Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado bautizando antes; y allí se quedó. Mucha gente acudía a él, y decía: «Aunque Juan nunca hizo ninguna señal milagrosa, todo lo que dijo acerca de este hombre era verdad». Y muchos en aquel lugar creyeron en Jesús.

San Juan 10:22-42

Estudio

La celebración de esta fiesta duraba ocho días; en ella se conmemoraba la victoria sobre la opresión religiosa, la purificación del templo y el milagro del aceite.

El hecho de que Jesús estuviese allí nos deja ver que era una fiesta importante. La presencia de Jesús en aquel lugar hizo que los judíos se acercaran para preguntarle si Él era verdaderamente el Cristo que esperaban. Las Escrituras hablaban de su venida y los judíos esperaban a ese libertador.

Me sorprende que el Señor cumplía con todo lo establecido por la ley, de manera que allí, en aquel templo, estaba aquel libertador prometido, que traería la liberación a esa opresión religiosa que celebraban en la fiesta de la dedicación.

A pesar de encontrarse allí dentro del templo aquel libertador, para los judíos, este Jesús estaba muy lejos de ser ese Cristo prometido. La opresión religiosa bajo la cual se encontraban era tanta que no identificaron al libertador; y aunque Jesús afirmaba que muchas veces se los había dicho, y que si no podían creer a sus palabras, por lo menos creyeran por las obras que realizaba, la razón por la cual no creían era porque ellos no eran parte del rebaño. Por esa razón, desconocían la voz de este Pastor y no podían seguirle.

Las palabras de Jesús provocaron en el corazón de estos hombres deseos de apedrearle.

Difícilmente un corazón expuesto a la opresión religiosa podrá identificar o reconocer la voz de Jesús; y el hecho de no identificar su voz nos deja ver que, aunque estemos en el templo y celebremos todas las fiestas establecidas, no somos entonces sus ovejas, pertenecemos entonces a otro rebaño y no es Jesús nuestro Pastor.

De ahí la importancia de interiorizar en nuestra vida para asegurarnos que efectivamente pertenecemos a Dios. El hecho de celebrar una fiesta, asistir a un templo y creer que somos hijos de Dios no nos asegura que lo seamos, puesto que la señal más clara de que sí lo seamos es porque reconocemos la voz de Jesús, nuestro gran Pastor.

Reflexión

Reconoces la voz de Jesús en tu vida?
Si tu respuesta es sí, entonces eres una de las ovejas de su rebaño, debes estar caminando siendo guiado por la voz de su Santo Espíritu, pero si no reconoces su voz en tu vida, entonces podemos acercarnos a él y pedirle que por favor necesitamos que sea él quien dirija nuestro caminar.

Jesús había realizado entre ellos tantas maravillas, aun así, no creían en él, negándose a la única oportunidad que tenían para ser libres de aquella opresión religiosa bajo la cual estaban cautivos.

Estaban allí celebrando una libertad que no tenían; aun así, bajo esas condiciones se presentó en medio de aquella fiesta de celebración el «Gran Libertador», Jesús, pero su ceguera espiritual les impedía ver al libertador y creer en él.

La respuesta de los hombres a Jesús, por la cual justificaban apedrearle, era porque ellos consideraban que Jesús blasfemaba al presentarse como hijo de Dios; él era considerado ante sus ojos un simple hombre que se creía ser lo que no era según su opinión.

Lo único que buscaba Jesús a través de sus palabras era convencerles para que fueran libres, pero desafortunadamente, no fue posible; la dureza de sus corazones les impidió ver la Gloria de Dios en aquella fiesta que se realizaba en honor a Dios.

Me pregunto: ¿sucederá de la misma manera hoy día?
Creo que sí.
Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
Es importante acercarnos a Dios para que conozcamos la verdad y seamos libres de todo concepto erróneo que podamos tener acerca de Dios y de su santa palabra.

Jesús está hoy dispuesto a darnos esa libertad si no la tenemos, pero dependerá de cada uno de nosotros si la reciben o no.
¿Ya tienes esa libertad? ¿O crees que la necesitas?
Jesús se fue del templo, no pudo hacer ningún milagro debido a la ceguera y cautividad que había en aquel pueblo.

Quizás digamos hoy: “Pero Jesús debió darles esa libertad, haciendo un milagro en sus corazones”, y creo que aunque tiene todo el poder porque es Todopoderoso, no lo hace porque él espera que cada uno de nosotros aceptemos que le necesitamos, y esto era algo que aquel pueblo no aceptaba.

Jesús volvió al otro lado del Jordán donde Juan bautizaba y otra multitud le esperaba; este pueblo reconocía que, aunque Juan no había realizado milagros, todo lo que había dicho acerca de este Jesús era verdad, por lo cual muchos de ellos creyeron en él.


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