Editado por: Manuel Monsalve
Basado en San Juan capitulo 13: 18-30
Contenido
Texto de estudio
18 No me refiero a todos ustedes; yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla la Escritura: “El que comparte el pan conmigo, se ha vuelto contra mí”.
San Juan 13: 18-30
19 »Digo esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy. 20 Les aseguro que el que recibe al que yo envío, me recibe a mí y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
21 Dicho esto, Jesús se angustió profundamente y afirmó:
—Les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar.
22 Los discípulos se miraban unos a otros sin saber a cuál de ellos se refería. 23 Uno de ellos, el discípulo a quien Jesús amaba, estaba reclinado sobre él. 24 Simón Pedro hizo señas a ese discípulo y le dijo:
—Pregúntale a quién se refiere.
25 —Señor, ¿quién es? —preguntó él, reclinándose sobre Jesús.
26 —Aquel a quien yo le dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato —le contestó Jesús.
Acto seguido, mojó el pedazo de pan y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. 27 Tan pronto como Judas tomó el pan, Satanás entró en él.
—Lo que vas a hacer, hazlo pronto —le dijo Jesús.
28 Ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué Jesús dijo eso. 29 Como Judas era el encargado del dinero, algunos pensaron que Jesús le estaba diciendo que comprara lo necesario para la fiesta o que diera algo a los pobres. 30 En cuanto Judas tomó el pan, salió de allí. Ya era de noche.
Estudio
Tres años había estado Jesús con sus discípulos. Durante ese tiempo, les enseñó tantas cosas; vieron milagros, señales y prodigios. Habían sido exhortados, consolados, animados, fortalecidos y tantas cosas más. Aún así, y muy a pesar de todo aquel aprendizaje, Judas Iscariote no era como los otros once discípulos. En su corazón había oscuridad, a pesar de caminar en la luz. Su amor por el dinero trajo consecuencias nefastas a su vida. Esta condición era algo que Judas no identificó como nocivo para su salvación; pudo quizás pensar que no era algo tan grave y seguramente creyó que sería fácil de dejar. Lo cierto es que esa pequeña zorra creció tanto que echó a perder su viñedo.
Jesús puso en evidencia lo que haría y que no estaba limpio. La palabra no había lavado su corazón y, por ello, conservaba toda la oscuridad que había traído del mundo. Sabemos que tenía que existir un Judas, ya que sin él no hubiese habido crucifixión.
Podemos resaltar de este primer versículo que, si no identificamos esas conductas nocivas en nuestra vida, pueden convertirse en zorras que destruirán nuestro ser. Identificar en otros esas zorras es fácil, pero hacerlo en nosotros mismos no es tan sencillo. Judas caminaba con el Señor y fue partícipe de todos sus actos; fue testigo visual. Aún así, su proceder no fue el correcto.

El corazón del Señor se angustió profundamente tras lo que vendría horas más adelante; aquella copa de sufrimiento estaba servida, y tendría que beberla completa. Esa era la razón por la cual había venido a la tierra.
Uno de los suyos, de los que había estado a la mesa, comiendo de su mano, le traicionaría. Sabía perfectamente quién era, mas no quiso manifestar su nombre públicamente. Sus discípulos, al oír esto, quisieron saber de quién se trataba, así que tras la pregunta de Juan, el Señor respondió: «Aquel a quien yo le dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato.» Y dicho esto, lo dio a Judas.
Más aún, sus discípulos no comprendieron que era Judas quien le traicionaría. Este acto tomó por sorpresa a todos, menos a Jesús, quien sabía todo.
Jesús le dijo a Judas: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»
Sus discípulos no entendieron a qué se refería con estas palabras y le dieron otra interpretación diferente, creyendo que iría a comprar algo o a realizar alguna labor diferente.
Reflexión
¿Que conductas nocivas identificamos HOY en nosotros?
No es bueno pasar por alto aquellas debilidades que nos hacen pecar una y otra vez; debemos llevarlas ante la presencia del Señor en oración y rogarle que nos ayude. Recordemos que su poder se perfecciona en nuestra debilidad.
Cuando recibimos a Jesús en nuestro corazón, no solo Él viene, también lo hace el Padre y el Espíritu Santo. Así también, cuando le despreciamos, no solo se lo hacemos a Jesús; también rechazamos al Padre y al Espíritu Santo.
La salvación está para todos, pero no todos la reciben. Jesús conoce quiénes son sus discípulos, quiénes han sido lavados a través de su Palabra y quiénes no, aunque estén en ese grupo.
Muchas situaciones pueden ser sorpresivas para nosotros, y aun cuando el Señor nos haya dado muestras claras de aquello que está a punto de suceder, nuestra visión es tan corta que, aunque podamos ver, no entendemos. Solemos darle una mala interpretación a aquello que vemos; ese fue el caso de los discípulos.
Luego de comer el pan, satanás entró en Judas. Aquí podemos observar que satanás merodeó todo el tiempo a Judas, pero no pudo entrar en él hasta que llegó el momento; solo luego de comer el pan, siendo este acto una señal, era la puerta abierta para ingresar. Mientras acechó de lejos, trabajó en sus pensamientos; satanás conocía la debilidad del amor al dinero que había en su corazón y, astutamente, sin que Judas lo notara, diseñó la estrategia para hacerlo caer. Seguramente Judas pensó que esa debilidad no era tan grave; igual, necesidades había muchas y tomar dinero de la bolsa sin permiso lo consideró algo leve y sin importancia, pero ese acto leve en su opinión le llevó a su propia destrucción.
¿Cuántos actos leves consideramos en nosotros hoy?
Podemos ver aquí la influencia del enemigo. La Palabra nos dice: no ignoréis las maquinaciones del enemigo (2 Corintios 2:1). ¿Por qué no debemos ignorarlas o pasarlas por alto? Porque al hacerlo, el enemigo toma ventaja.
Judas ignoró las maquinaciones de satanás; por eso, este le tomó ventaja y le destruyó. El enemigo trabaja arduamente en nuestra destrucción a través de nuestras debilidades.
El que esté fuerte, mire que no caiga.
Judas se internó en aquella densa oscuridad de la noche, conducido por satanás, sin imaginar las consecuencias para su propia vida.
Llamado a la acción
Es muy importante que todos aquellos comportamientos incorrectos sean identificados y confesados en oración al Señor, para que nos perdone y de Él venga esa ayuda. Un pecado sin confesar y erradicar es una oportunidad para que Satanás nos destruya.
La raíz de todos los males es el amor al dinero.
Aquel amor al dinero fue esa raíz que hizo brotar en Judas aquella acción; su proceder antes de este acto mostró su debilidad. Lo vimos en uno de los devocionales anteriores; aparentemente se preocupaba por los pobres, pues al ver a María derramar aquel costoso perfume en los pies del Señor, objeto que él consideraba un desperdicio, opinó que ese perfume se hubiera podido vender y el dinero darlo a los pobres. Pero realmente no era que le naciera hacer actos de misericordia con los pobres, sino que aprovechaba cada ocasión para tomar ventaja de lo que no le correspondía.
Tras estos versículos, podemos notar que aunque caminemos con el Señor y participemos de su mesa, si nuestras debilidades no son tratadas, pueden destruirnos fácilmente. No es bueno pasar por alto aquellas debilidades. Todos tenemos debilidades en nuestro carácter, ya sea el enojo, la murmuración, la mentira, el hurto, la avaricia, la pornografía, los malos pensamientos, el odio, el resentimiento, el rencor, los celos, los pleitos, las iras, la falta de perdón, el adulterio, la fornicación, entre otros tantos… Pero si no los vemos como lo que son: pecado en nuestra vida, debilidades peligrosas, el enemigo trabajará más relajadamente para destruirnos a través de ellas.
La palabra dice: el que confiesa sus pecados y se aparta de ellos alcanza misericordia.
Oración
Señor Jesús, hoy a través de este devocional he podido comprender que en mi vida hay debilidades, al igual que las hubo en Judas; pero a diferencia de Judas, yo hoy decido voluntariamente presentarlas a través de esta oración delante de Ti. Señor, tengo esta debilidad: «menciónala». Tu palabra dice que si alguno ha pecado, abogado tiene para con el Padre, a Jesús, el Hijo de Dios, y que la sangre de Jesucristo, Su Hijo, nos limpia de todo pecado. Hoy acudo a esa sangre bendita, que habla más fuerte que la de Abel, para que me limpies de esta debilidad y que me ayudes a desarrollar el dominio propio en mi vida para resistir toda tentación. Ayúdame a apartarme de esta debilidad, para que el enemigo no tome ventaja en mi vida y me destruya. Te lo pido, Padre, en el nombre de Jesús. Amén.
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