Devocional diario: Jesús es llevado a la tumba.

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Editado por: Manuel Monsalve

4–6 minutos

Basado en San Juan capítulo 19:38-42

Contenido

  1. Texto de estudio
  2. Estudio
  3. Reflexión
  4. Llamado a la acción
  5. Oración

Texto de estudio

38 Después de esto, José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. José era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Él fue y retiró el cuerpo con el permiso de Pilato. 39 También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y tres kilogramos de una mezcla de mirra y áloe. 40 Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas. 41 En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto y en el huerto, un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. 42 Como era el día judío de la preparación para el sábado y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.  

San Juan 19: 38 – 42

Estudio

Llegado el momento, bajaron el cuerpo de Jesús para prepararlo para su entierro.

Los encargados de realizar esta labor fueron discípulos que no seguían al Señor abiertamente, sino en secreto, debido a la presión que ejercían los líderes judíos. Tras su muerte, fueron ante Pilato a solicitar el cuerpo para prepararlo para su entierro. Este procedimiento era un ritual que se hacía con aquellos que morían; esto muestra también la dignidad y el respeto de los cuerpos muertos. Jesús no era la excepción.

Su sepultura fue en la tumba de un hombre pudiente. José de Arimatea era un líder judío reconocido, de alto rango, y procedió a ofrecer su sepultura, que estaba construida en la roca, para que allí fuese puesto Jesús.

Cabe resaltar que todo esto fue planificado por el Padre Celestial; fue Él quien dispuso para su hijo un entierro digno de él.

Este proceso también nos muestra que Jesús murió verdaderamente y no fue solo un decir; fue sepultado como cualquier mortal. Y el hecho de que fueran hombres diferentes a los apóstoles los encargados de su entierro haría más convincente su resurrección, puesto que si hubieran sido los mismos discípulos los encargados de esta labor, seguramente muchos no habrían creído y se hubiera podido pensar que todo había sido planeado para hacer parecer que Jesús había muerto y luego resucitado.

Nicodemo y José de Arimatea no seguían a Jesús abiertamente como lo hacían los apóstoles, pero su función fue muy importante. Fueron reservados para este momento, ya que los discípulos habían huido tras el arresto de Jesús.

Cabe insistir en que todo esto fue para que se cumplieran las profecías.

Reflexión

Hoy día habrán discípulos que no se manifiestan públicamente por temor a muchas cosas, pero llegará el momento en que lo harán al igual que Nicodemo y José, cumpliéndose la escritura de que todo tiene su tiempo y su hora. Dios Padre se reservó estos discípulos para que se encargaran de preparar y sepultar el cuerpo de su amado hijo.

No obstante, aunque Nicodemo y José no eran los miembros más activos, no eran los más destacados, también es posible ver que, a pesar de todas las circunstancias, conservaban temor por Dios y amor por aquel hombre que era su maestro. Muy seguramente, ellos no sabían que Jesús resucitaría, pero no se quedaron esperando a ver qué pasaba, sino que procedieron de manera sensata, cuando todo a su alrededor los llevaba a actuar de manera apasionada.

Todo esto nos permite comprender y testificar aún más que las promesas del Señor se cumplen al pie de la letra. Así como se cumplieron en Jesús, se cumplirán en nuestra vida. Todo aquello que el Padre, en su bondad y misericordia, ha profesado sobre nuestra vida, casa, hogar, familia y ministerio, se cumplirá. Dios es fiel a sus promesas.

No siempre tendremos que estar cerca de alguien para honrarle, no siempre tenemos que ser los miembros más activos dentro de la institución llamada iglesia. Esto no significa que conocemos a Jesús más que los demás. Las apariencias son muchas, y no solo aplican para la farándula, también aplican en nuestro entorno. ¿Cuántas cosas realizamos en la iglesia que en otro lugar no hacemos? ¿Cuál es la imagen que proyectamos en este lugar, que en casa no? ¿Somos íntegros verdaderamente? Cuándo las cosas no salen como queremos, ¿peleamos con Dios? ¿Nos alejamos de la iglesia?

Llamado a la acción

Siempre me ha llamado la atención aquel pasaje de la Biblia en el cual Dios dice: «al tibio lo vomitaré de mi boca». Y es que no podía entender cómo Dios no dijera eso del pecador, sino de aquel que no se identificaba como pecador ni como santo; eso es ser tibio. Tal vez nuestras apariencias están en nuestra vida para ocultar nuestra tibieza, pero lo que sí es cierto es que a Dios no lo podemos burlar; no podemos pretender engañarlo, porque nos estamos engañando a nosotros mismos.

Hoy es tiempo de reconocer nuestra necesidad de Dios, entender que nuestros pecados realmente le ofenden y molestan, que necesitamos arrancar todo eso de nuestras vidas, llevarlo a la cruz y ser transformados por su poder. Si no lo hacemos de esta manera, actuaremos como tibios, y realmente yo no quiero ser del grupo que Dios aborrece, más bien de aquel, del cual se siente orgulloso.

Oración

Padre, comprendo que nada te toma por sorpresa y que cada hijo tuyo tiene una función asignada para un momento especial. Gracias por esa labor que me corresponde; ayúdame a cumplirla a cabalidad, para tu gloria. Ayúdame también a conocerte cada día de una mejor manera, que pueda identificar aquellas cosas que me hacen tibio, aquellas cosas que no he podido observar en mi vida o ser consciente que tengo, pero que están ahí, y que son necesarias de eliminar, o si tal vez las minimizo porque no acaban con la vida de un tercero. Por favor, ayúdame a buscar tu presencia de manera constante y real. Te lo pido en el nombre de Jesús. Amén.


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