Editado por: Manuel Monsalve
Basado en San Juan capítulo 20:1-10
Contenido
Texto de estudio
1 El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían removido la piedra que cubría la entrada. 2 Así que fue corriendo a ver a Simón Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
San Juan 20: 1 – 10
—¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!
3 Entonces Pedro y el otro discípulo se dirigieron al sepulcro. 4 Ambos fueron corriendo, pero como el otro discípulo corría más rápido que Pedro, llegó primero al sepulcro. 5 Inclinándose, se asomó y vio allí las vendas, pero no entró. 6 Tras él llegó Simón Pedro y entró en el sepulcro. Vio allí las vendas 7 y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, aunque el sudario no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. 8 En ese momento entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó. 9 Hasta entonces no habían entendido la Escritura que dice que Jesús tenía que resucitar.
10 Los discípulos regresaron a su casa
Estudio
Los discípulos guardaron con tanto dolor aquel sábado y, al amanecer del domingo, el primer día de la semana, María fue a la tumba de Jesús apresuradamente. Quería ir a estar con él, así que eso significara simplemente estar allí afuera. En su pensamiento sabía que no le vería, pero el hecho de estar en su tumba le hacía sentir más cerca, así que aprovechó que aún estaba oscuro y salió a aquel lugar.
El papel de la mujer a lo largo de estos capítulos ha sido muy importante, aunque así no parezca; y es que ellas fueron las que estuvieron todo el tiempo con Jesús, en su crucifixión. Ellas no huyeron, sino que se expusieron a todo por estar con su Señor. Aún luego de su muerte, allí estuvieron con Jesús.

De la misma manera vemos que la primera en acercarse al sepulcro al día siguiente fue una mujer, quien sin importar lo que sucediera, simplemente lo hizo, ¿que pudo haber sentido María al ver el sepulcro abierto? ¡Desconcierto!, ¿ahora dónde habrían llevado a Jesús? ¿Quién lo habría quitado de allí? Y si Jesús no estaba en aquel lugar, ¿A dónde podría ir ella a derramar su corazón? ¿Acaso no había sido suficiente con haberle matado? ¿Era tanta la crueldad que no tenían ni siquiera el derecho de llorar en su tumba? Sin lugar a dudas muchas pudieron ser las preguntas que cruzaron por su mente en aquel momento, mientras corría a informarle a los demás discípulos.
!Se han llevado al Señor! Fue su grito de angustia, ¡ahora no sabemos dónde lo han puesto! El inicio de aquel primer día de la semana fue muy angustiante para ellos; la semana había terminado con sufrimiento al ver a su Señor morir de la manera más cruel, y el principio de la semana no parecía ser diferente. Todos corrieron nuevamente a la tumba a verificar lo sucedido. Juan llegó primero, vio la piedra removida; Pedro entró al sepulcro, vio los lienzos y el sudario organizados, pero el sepulcro vacío. Efectivamente, su Señor no estaba allí; alguien, sin lugar a dudas, se lo había llevado, y no sabían ni a dónde ni quién. Lo cierto es que no estaba y nadie daba razón de lo sucedido.
Todo lo vivido durante esos días había sido tan difícil que las palabras del Señor no estaban presentes en sus mentes en esos momentos, lo único que había allí era lo que sus ojos podían contemplar.
Ante ese desconcierto regresaron a casa con más angustia de la que ya habían vivido, con una incertidumbre mayor.
Reflexión
Cuántas veces hemos estado en estas mismas circunstancias, el dolor nos ciega, al punto de olvidar las promesas del Señor. La única realidad que contempla nuestro ser es la que ven nuestros ojos, y lo que ven nos roba la paz, nos quita la esperanza y nos impide entresacar lo precioso de lo vil.
Me pregunté: ¿qué hubiese sucedido si María no hubiera ido de madrugada a la tumba?
Cuando decidimos levantarnos de madrugada a buscar la presencia del Señor, tenemos la maravillosa oportunidad de informar a otros lo que no saben. Ese fue el caso de María; Pedro y Juan corrieron a verificar lo dicho por ella, porque no creyeron sus palabras, pero al llegar, ellos también se dieron cuenta de que efectivamente la piedra estaba corrida y el sepulcro vacío. El estado de los lienzos y el sudario reflejaban algo que ninguno de ellos pudo evidenciar, y es que los que habían estado en la tumba antes que ellos y que se habían llevado a su Señor, habían tenido la amabilidad de dejar organizado el sepulcro. Eso indicaba que no había sido hurtado su cuerpo, no habían usado la violencia ni el afán para sacar su cuerpo; quienes habían estado allí se habían tomado el tiempo de doblar aquellos lienzos, lo cual reflejaba respeto, honra, cuidado, calma, tranquilidad, orden y tantas cosas más, pero nada de esto evidenciaron los discípulos. De haberlo hecho, su angustia se habría transformado en calma; habrían podido comprender que aquellos que habían estado allí honraban al Señor.
Llamado a la acción
Aún en medio de las cosas más difíciles, Dios continúa a nuestro lado. Cuando pensamos que nada puede estar peor, y justo nos enteramos de algo más o llega a nuestra vida aún más, en esos momentos Dios sigue a nuestro lado, no solo cuando estamos en la iglesia o en medio de una ministración, en la cual podemos sentir el poder del Espíritu Santo, sino que en todo tiempo Él se encuentra a nuestro lado.
Hoy, deja de pensar que lo que pasa es cuestión de suerte, o que Dios se olvidó de ti, porque en realidad no lo es. Solo recuerda que sus planes son más altos que los nuestros, y aquello que el enemigo usa para mal, Dios lo transforma para bien. No olvidemos que nuestro Dios es el único que ha podido resucitar Él solo de entre los muertos, y que su ejemplo es que nos ama hasta el punto de dar su propia vida por nosotros.
Oración
Amado Padre, al igual que los discípulos hemos pasado por tantos momentos de angustia que nos ciegan y nos impiden ver aquellos detalles que tú quieres que veamos y que nos pueden producir calma, tranquilidad, esperanza, fe… Ayúdanos a comprender que, aun en los momentos más difíciles, tú tienes una respuesta que no siempre será con palabras, sino que también podrá ser a través de símbolos, como el caso de aquellos lienzos. Gracias, Padre, por hablar a nuestro corazón de formas diferentes; solo te pido que me permitas comprender lo que no puedo en mis fuerzas.
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