Devocional diario: Jesús y sus discípulos.

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Editado por: Manuel Monsalve

5–7 minutos

San Juan capitulo 20:19-23

Contenido

  1. Texto de estudio
  2. Estudio
  3. Reflexión
  4. Llamado a la acción
  5. Oración

Texto de estudio

19 Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y poniéndose en medio de ellos, dijo:

—¡La paz sea con ustedes!

20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.

21 —¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.

22 Acto seguido, sopló sobre ellos y les dijo:

—Reciban el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

San Juan 20: 19 – 23

Estudio

Luego de aquella noticia recibida de parte de María, los discípulos se reunieron para hablar acerca de lo acontecido. Imagino que se preguntarían muchas cosas, entre ellas seguramente sobre las promesas del Señor; estas empezaban a reproducirse nuevamente en sus corazones. Mientras estaban allí reunidos, compartiendo y con temor de ser sorprendidos por los judíos, quienes amenazaban con arrestarles, de repente Jesús entró y se puso en medio de ellos.

No alcanzo a imaginar la sorpresa tan grande que causó entre ellos su presencia; seguramente algunos pensarían que todo esto era una visión, un espejismo, o tal vez un fantasma, o tantas otras cosas. Pero lo cierto es que Jesús estaba allí en medio de ellos y, aunque habían anhelado tanto volver a tenerle con ellos, ahora no sabían cómo reaccionar. Entre ese volcán de emociones, Jesús dijo: «La paz sea con ustedes».

Eso era precisamente lo que más necesitaban: esa paz que solo podía venir de su presencia, esa paz que les producía al estar con ellos, esa seguridad, esa valentía para enfrentar las adversidades, y que ahora, tras su ausencia, tanto necesitaban.

Luego, Jesús les mostró sus manos y el costado. Hizo esto para que ellos pudieran verificar que era él, su Señor, quien estaba allí en medio de ellos. Esas heridas, que aún estaban vivas y que algunos de ellos habían visto, al ver sus heridas, los discípulos comprobaron que efectivamente era su Señor. Se alegraron tanto de verle y tenerle entre ellos nuevamente. No sabían cómo reaccionar; nunca habían tenido la experiencia de compartir con alguien que hubiese resucitado de entre los muertos. De manera que, entre el asombro y la alegría, no sabían cómo reaccionar.

Es difícil poder determinar en este momento cómo reaccionaríamos nosotros si tuviéramos la oportunidad de estar con una persona que, luego de morir, haya resucitado. Creo que me daría mucha alegría, pero a la vez temor, ¿verdad? Y no es para menos; un acontecimiento así no es común.

«La paz sea con ustedes», volvió a decir Jesús, y es que sus corazones estaban tan asombrados y sobresaltados que lo único que no sentían era paz. «Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes».

El Padre Celestial había enviado a Jesús con un propósito específico, y era redimir a la humanidad, dar a conocer el mensaje de salvación. Ahora ellos estaban siendo enviados por el Señor a realizar el mismo trabajo: ir y predicar la buena noticia acerca del reino. ¿Cómo lo harían? Así como Jesús lo había hecho.

Todos ellos habían estado con él durante tres años aproximadamente y habían visto todo lo que él hacía, como se dirigía día tras día a buscar a su Padre en oración, y como iba día tras día a llevar el mensaje de salvación, sanando y liberando a todos aquellos que venían a él de parte del Padre.

De la misma manera que el Señor había sido lleno del Espíritu Santo para ejecutar esta labor con excelencia, los discípulos tenían que ser empoderados de ese poder. Para ello, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo». Así como en el huerto del Edén, Dios había soplado sobre Adán para que tuviera vida, de la misma manera, ellos tenían que recibir ese soplo para que recibieran esa vida, que solo podía venir de la persona del Espíritu Santo.

Fueron revestidos del poder del Espíritu de Dios para perdonar pecados. Y es que perdonar no es tan sencillo; ellos se verían enfrentados a tantos desprecios y persecuciones que se requería que estuvieran llenos del Espíritu Santo para poder perdonar a sus agresores.

Muchas personas afirman que no pueden perdonar, y en verdad, en nuestras fuerzas es imposible. Nuestra naturaleza es débil y lo que siempre busca en nuestra humanidad es venganza.

Pero las personas que han sido llenas del Espíritu Santo comprenden que la lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados y potestades de las huestes espirituales de maldad de las regiones celestes. Y para enfrentar estos seres, es necesario estar llenos del Espíritu Santo; de otra manera, es imposible.

Reflexión

Me preguntó cuántas veces habrá estado en medio de nuestras reuniones el Señor Jesús.

Su Palabra dice: donde hay dos o tres reunidos en su nombre, ahí está el Señor en medio de ellos, ¿verdad? El hecho de que Jesús se hubiese presentado en aquella reunión nos confirma que ha estado también en nuestras reuniones.

No necesariamente vendrá a mostrarnos sus heridas para que creamos en él, como lo hizo con sus discípulos, pero su Santo Espíritu nos confirmará a través de su presencia en nosotros y entre nosotros que allí está el Señor en medio, dándonos de su paz y soplando sobre nosotros de su Santo y Glorioso Espíritu para que nosotros vayamos a hacer la labor que él nos ha encomendado.

Llamado a la acción

Jesús habló en diferentes momentos de su vida respecto al Espíritu Santo, y es que era indispensable que Él viniera sobre la vida de los discípulos para que pudieran lograr recibir el empoderamiento suficiente y todo aquello que necesitaban para poder lograr a cabalidad el propósito que Dios les había encomendado.

Si ellos, que anduvieron con Jesús, vieron su proceder, y aún Jesús, siendo el hijo de Dios, procuraba conocerle y mantenerse conectado con Él, cuánto más nosotros, que no somos ninguna de las anteriores, lo necesitamos en nuestras vidas.

Cuánto más nosotros necesitamos ser llenos del Espíritu Santo, necesitamos conocerle, ser llenos de su presencia, para poder caminar en el verdadero propósito, aquel que el Señor tiene preparado para nosotros, sus hijos.

Oración

Amado Dios, hoy te pedimos que nos permitas ser llenos de tu Santo Espíritu, para de esta manera poder hacer todo cuanto Tú esperas de nosotros. Te ruego que nos ayudes, Señor, a vencer toda aquella incredulidad que hay en nuestro corazón, para poder ver tu luz y tu majestad. Ayúdanos, Señor, porque te necesitamos más que nunca; eres nuestro gran amor y te necesitamos más que nunca. En el nombre de Jesús, Amén.


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