Devocional diario: Dichosos aquellos que han creído sin ver.

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Editado por: Manuel Monsalve

4–7 minutos

Basado en San Juan capítulo 20: 24 – 31.

Contenido

  1. Texto de estudio
  2. Estudio
  3. Reflexión
  4. Llamado a la acción
  5. Oración

Texto de estudio

24 Tomás, al que apodaban el Gemelo y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús. 25 Así que los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

—Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás.

26 Una semana más tarde estaban los discípulos de nuevo en la casa y Tomás estaba con ellos. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.

—¡La paz sea con ustedes!

27 Luego dijo a Tomás:

—Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.

28 —¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.

29 —Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen.

30 Jesús hizo muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro. 31 Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida.

San Juan 20: 24 – 31.

Estudio

Aquel hombre, el cual hacía parte de los doce, pero que no se encontraba desde hace tiempo con los demás, o al menos no se ha registrado como actor dentro de los últimos acontecimientos que hemos estado estudiando, ahora había regresado, y realmente son varias las preguntas que pueden surgir al respecto. ¿Cómo era que no había sufrido un duelo por la pérdida de su maestro? Su actitud dejaba ver a un hombre que no era el más espiritual de todos, pues la fe no se dejaba ver en su forma de actuar y proceder.

Pues bien, ahora estaba, y la noticia de que el maestro estaba de vuelta, al parecer no fue algo que lo emocionó demasiado; más bien, puedo ver a través de su reacción que de pronto se sentía desilusionado. Y bueno, si vemos las cosas desde su punto de vista, tal vez esa actitud era más esperable de lo que podemos pensar en este momento, pues, para los judíos, su mesías era un hombre que vendría al mundo para liberarlos, y tenían en mente que esa liberación iba a ser algo físico.

Seguramente pensaban que tendría mucha fuerza, que sería un estratega en la guerra, o un habilidoso con alguna arma específica; nunca se esperaron que este hombre, que había nacido en Belén y que conocían a sus padres, los cuales no eran los más pudientes de la ciudad, pudiera ser aquel Mesías.

Tal vez cuando el maestro se encontraba entre ellos, era fácil creer, tenían muchos motivos para hacerlo. Era muy difícil cuestionar su autoridad cuando hasta el viento y el agua le obedecían, cuando sanaba todo tipo de enfermos cada nuevo día; por tal motivo, la respuesta de Mateo fue muy natural, deja ver a un hombre que pensaba algo como: «No me van a venir a engañar de nuevo con cosas». «¿Cómo puede ser posible que si Jesús era el Mesías muriera de esa manera?»

Cuando Jesús se presentó delante de ellos nuevamente, actuó para corregir este tipo de actitud de inmediato. No era posible que uno de sus discípulos tuviera tantos problemas con la fe; tenía que ser aterrizado y «motivado» a cambiar su manera de actuar. Por esto es que durante el diálogo, Jesús le dice que ponga su mano en sus heridas y verifique con sus ojos que no se trata de un engaño, como podía de alguna manera pensar.

Reflexión

La forma en que actuó Mateo es simplemente el reflejo de nuestra incredulidad; nosotros también actuamos así muchas veces, aun cuando pensamos que no, pero sucede. Cuando las cosas no suceden de la manera en que esperamos, a veces nos encontramos con que nuestra respuesta es: «Si Dios no lo quiso, ¿cómo podré hacerlo ahora?» Y no es que lo digamos de manera literal o de forma inocente, sino que en nuestro corazón guardamos un poco de enojo respecto a su voluntad.

Recientemente pude experimentar una situación algo similar; luego tuve que darme cuenta de que actuaba como si le hiciera «pataleta» a Dios, pensando tal vez que de esta manera Él iba a mirarme y me iba a responder de la manera que yo esperaba. Y es que las cosas con Él no funcionan de esa manera. Realmente tenemos que aceptar su voluntad sobre nuestras vidas; podemos ver que no siempre es lo que esperamos o deseamos, pero su voluntad realmente es lo mejor para nosotros.

Llamado a la acción

«Dichosos los que no me han visto y creen» somos afortunados de creer, si bien nosotros logramos acercarnos a Dios en un momento de nuestras vidas, eso sucedió gracias solamente a su voluntad, la cual intervino a través de múltiples formas, para que, llegado el momento, nuestro deseo fuera el de aceptarlo como Dios y Señor de nuestra vida y corazón.

Aquel que considere tener mérito en esto se engaña a sí mismo, pues realmente, si fuimos sensibles a la voz de Dios y a su llamado, fue solamente porque el Espíritu Santo vino primero e hizo su obra maravillosa en nosotros, llevándonos así a dar aquel paso de fe. Eso quiere Dios y espera de nosotros: que creamos en aquello que no podemos ver, como la salvación y la cura a nuestras enfermedades. Es tiempo de acercarnos verdaderamente para permitirle que su voluntad se haga viva en cada uno de nosotros.

Oración

Amado Dios, hoy agradezco por el regalo tan inmenso que me diste cuando me permitiste conocerte; realmente solo puedo ver que me has escogido para darme mucho más que la salvación. Durante mucho tiempo pensé que solo se trataba de eso, pero tu sacrificio en la cruz del Calvario no fue solo para hacer de ti lo que el pueblo pensó, un escarnio público, sino que todo aquello tenía una razón específica: liberar de todo lo que en realidad es una prisión y que tal vez no reconozco como tal. Ayúdame a conocerte y seguir entregando mi vida a ti, en el nombre de Jesús. Amén.


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