Devocional diario: ¿me amas?

por

in

Editado por: Manuel Monsalve

6–10 minutos

Basado en San Juan capítulo 21: 1-25

Contenido

  1. Texto de estudio
  2. Estudio
  3. Reflexión
  4. Llamado a la acción
  5. Oración

Texto de estudio

Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le contestó: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: —Cuida de mis corderos. Volvió a preguntarle: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le contestó: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: —Cuida de mis ovejas. Por tercera vez le preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: —Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: —Cuida de mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir. Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: —¡Sígueme! Al volverse, Pedro vio que detrás venía el discípulo a quien Jesús quería mucho, el mismo que en la cena había estado a su lado y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?» Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: —Señor, y a este, ¿qué le va a pasar? Jesús le contestó: —Si quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme. Por esto corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no dijo que no moriría. Lo que dijo fue: «Si quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿qué te importa a ti?» Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito. Y sabemos que dice la verdad. Jesús hizo muchas otras cosas; tantas que, si se escribieran una por una, creo que en todo el mundo no cabrían los libros que podrían escribirse.

San Juan 21: 15 – 25

Estudio

Luego de que los discípulos habían ido de pesca, (pues hasta este momento no habían sido enviados a predicar) por ello quisieron aprovechar el tiempo yendo de pesca. Habían estado allí toda la noche sin haber logrado nada, de pronto, sin que ellos lo identificaran, se presentó Jesús, preguntó: Hijos, ¿acaso tienen algún pescado?

No respondieron. Esto nos enseña que cuando vamos en nuestras fuerzas a realizar obras, los resultados no son favorables, nos desgastamos sin ninguna razón. Ese fue el caso de los discípulos, Simón Pedro había querido salir de pesca y los demás quisieron salir a acompañarlo, ninguno oró a Dios para saber si era bueno hacer lo que planeaban, por ello cuando Jesús preguntó si tenían algo, su respuesta fue No.

Luego, Jesús les indica que echaran la red a la derecha, para hallar una pesca sorprendente. Al hacerlo, los resultados no se hicieron esperar, inmediatamente la red se llenó tanto que se creyó que se rompería.

Cuando hacemos las cosas bajo la guía del Señor, los resultados son tan sorprendentes que nos asombran, y es que trabajar de la mano de el que sabe es muy diferente a hacerlo solo y en nuestras propias fuerzas.

Juan se dio cuenta de que aquel hombre que daba indicaciones desde la playa era su Señor. Al oírlo, Pedro se lanzó al agua, pues estaba desnudo.

Juan pudo reconocer a su Señor, solo él podría hacer cosas como estas. Imagino la alegría tan inmensa que pudieron haber sentido, y también el asombro; no sabían qué les diría. Ellos sabían que estaban allí sin haber sido enviados por él. Arrastraron la barca hasta la orilla, la pesca había sido muy abundante, pero aún así la red no se rompió; en total, 153 peces.

Se acercaron a la orilla y vieron que Jesús había encendido fuego y estaba preparando un delicioso pescado asado. Jesús sabía que ellos habían estado allí toda la noche, y que a esa hora aún no habían desayunado. Jesús les ordenó llevar otros pescados. Así lo hicieron, pero ninguno le preguntó nada, todos guardaron silencio. Jesús les invitó a desayunar; acto seguido, dio gracias a Dios por los alimentos, tomó el pan y lo entregó, al igual que el pescado. Todos comieron mientras esperaban que alguien dijera algo. Esta era la tercera vez que se presentaba ante ellos después de haber resucitado de entre los muertos.

Jesús se dirigió a Pedro preguntándole: Pedro, ¿me amas más que estos? La respuesta de Pedro fue: sí, Señor, tú sabes que te quiero. Apacienta mis corderos, respondió Jesús. Luego, volvió a preguntarle una segunda y una tercera vez lo mismo. Finalmente, Pedro se entristeció, no comprendía por qué Jesús seguía preguntando lo mismo. Lo cierto es que Pedro, muy dentro de sí, consideraba amar al Señor más que cualquiera de los demás discípulos. Él estaba dispuesto a todo por su Señor. Jesús preguntó tres veces para que Pedro estuviera muy seguro de que, si en verdad le amaba tanto como decía, entonces debía demostrarlo con hechos. ¿Cuáles? Teniendo cuidado de aquel rebaño que le estaba siendo entregado.

Luego de esa conversación, Jesús le dijo a Pedro que le siguiera. Más tarde, Pedro quiso saber qué sucedería con Juan, el discípulo amado, por lo que le preguntó al Señor: ¿y este qué, Señor? Jesús le respondió que si él quería que se quedara con vida hasta que él volviera, eso era algo que a Pedro no debía interesarle. En pocas palabras, Jesús le enseñó que Pedro debía preocuparse por realizar con diligencia lo que le correspondía y no estar interesado en qué pasaría con los demás. Y es que muy a menudo nos pasa a nosotros también; queremos saber qué hará Dios con los demás y no nos preocupamos por hacer lo que nos corresponde a nosotros hacer.

Reflexión

Si hoy Jesús nos preguntara si le amamos, seguramente nuestra respuesta será: «Sí, Señor, sí te amo.» Sin embargo, muy seguramente, al igual que a Pedro, Jesús nos dirá: «Cuida mi rebaño.» ¿Cuál rebaño? Preguntaremos, seguramente, ¿verdad?

Dios nos ha dado un rebaño por el cual nos pedirá cuentas un día; ese rebaño es nuestro hogar. La pregunta es: ¿Cómo estoy yo cuidando del rebaño y de los corderos que Dios me dio? Ese cuidado reflejará el amor que yo siento hacia Él. Es fácil decir que amamos al Señor, pero las palabras deben estar en sintonía con los actos. Entonces volvamos a mirar: ¿qué responderemos al Señor?

¿Le amamos verdaderamente?

¿Esposo, amas a Jesús? ¿Estás cuidando su rebaño?

¿Esposa, amas a Jesús? ¿Estás cuidando su rebaño?

El hogar es ese rebaño que Él te entregó para que cuides y protejas todos los días de tu vida. Por ello, debemos estar dispuestos, como David, a enfrentarnos a los osos, leones y demás que quieran destruirlo. No podemos pretender justificar nuestro descuido si el rebaño es destruido, porque hemos sido asignados para ese cuidado especial; de nosotros dependerá que tan protegido se conserve.

Jesús dijo: «Si el dueño de casa supiera a qué hora viene el ladrón, velaría y no dejaría minar su casa.» ¿Verdad? De la misma manera, nosotros debemos velar por nuestro rebaño y por nuestros corderos. No solo es cuidar de unos hijos, sino también cuidar la pareja.

Juan el Apóstol se dio a la tarea de darnos detalles especiales de lo vivido con Jesús, para que creamos en Él verdaderamente. Testifica que Jesús realizó muchísimos más actos, pero que todos no se registraron; más estos que se escribieron son suficientes para que creamos en Él.

Llamado a la acción

Hoy, tomémonos un momento para pensar en aquel rebaño que Dios, en su infinita misericordia, nos ha dado; veamos cuál es el estado de aquello que nos dio, si hemos sido buenos administradores de esas cosas, personas o lugares en los cuales estamos, con el fin de reconocer si realmente hemos sido lo suficientemente diligentes con nuestras tareas, o si, por el contrario, necesitamos mejorar. Recordemos que esto es una muestra del amor a Dios; esa fue la representación que hizo Jesús a través de este cuestionamiento a su discípulo; hoy nos pregunta a nosotros si verdaderamente lo amamos.

Oración

Amado Dios, tal vez hoy ni siquiera conozco mi rebaño, aquello que me has dado, porque tal vez, tus bendiciones han llegado tan de repente, y con tanta intensidad, que pensé que había sido el fruto de mi esfuerzo, olvidando por completo que todo cuanto tengo es gracias a ti y a tu infinita voluntad. Te ruego que me enseñes a ser un buen administrador de aquellas cosas que has puesto en mi vida: hogar, economía, familia y todos aquellos elementos que has puesto a mi alrededor, con el fin de que te alabe aún con ello. Por favor, permíteme crecer en tu propósito y lograr ser un representante tuyo en la tierra; que mis actos hablen de ti, mucho más que mis palabras, en el nombre de Jesús. Amén.


Descubre más desde Manuel Monsalve

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario