Editado por: Manuel Monsalve
Basado en Hechos Capítulo 2:1-13
Contenido
Texto de estudio
1 El día de Pentecostés, todos los creyentes estaban reunidos en un mismo lugar. 2 De repente, se oyó un ruido desde el cielo parecido al estruendo de un viento fuerte e impetuoso que llenó la casa donde estaban sentados. 3 Luego, algo parecido a unas llamas o lenguas de fuego aparecieron y se posaron sobre cada uno de ellos. 4 Y todos los presentes fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, conforme el Espíritu Santo les daba esa capacidad.
Hechos 2: 1 – 13
5 En esa ocasión, había judíos devotos de todas las naciones, que vivían en Jerusalén. 6 Cuando oyeron el fuerte ruido, todos llegaron corriendo y quedaron desconcertados al escuchar sus propios idiomas hablados por los creyentes.
7 Estaban totalmente asombrados. «¿Cómo puede ser?—exclamaban—. Todas estas personas son de Galilea, 8 ¡y aun así las oímos hablar en nuestra lengua materna! 9 Aquí estamos nosotros: partos, medos, elamitas, gente de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, de la provincia de Asia, 10 de Frigia, Panfilia, Egipto y de las áreas de Libia alrededor de Cirene, visitantes de Roma 11 (tanto judíos como convertidos al judaísmo), cretenses y árabes. ¡Y todos oímos a esta gente hablar en nuestro propio idioma acerca de las cosas maravillosas que Dios ha hecho!». 12 Quedaron allí, maravillados y perplejos. «¿Qué querrá decir esto?», se preguntaban unos a otros.
13 Pero otros entre la multitud se burlaban de ellos diciendo: «Solo están borrachos, eso es todo»
Estudio
Había llegado el día de Pentecostés, un día de fiesta solemnemente para los judíos, pero ¿qué se celebraba en ese día?
Veamos: la fiesta de Pentecostés, conocida también como la fiesta de las semanas (Shavuot), su propósito al celebrarse era agradecer a Dios por los primeros frutos y también la entrega de la Ley a Moisés. Por ello, muchos se habían dirigido a Jerusalén para conmemorar esta fiesta. Los discípulos estaban reunidos en aquel aposento alto orando a Dios y esperando la venida del Espíritu Santo; los discípulos no sabían qué día llegaría, por ello a diario estaban reunidos en oración.
De repente, se escuchó un ruido que parecía como un viento recio, muy fuerte, que entró a aquel aposento y se posó sobre cada uno de los que estaban en aquel lugar, dándoles la capacidad de alabar y glorificar a Dios en otros idiomas. Aquel viento llamó la atención de los habitantes de aquel lugar, los cuales fueron hasta el aposento y allí se sorprendieron al ver que hombres comunes y corrientes hablaran en diferentes idiomas, de manera que todos los que estaban allí, de diferentes lugares, culturas y lenguas, pudieron escuchar y entender en sus propios idiomas las maravillas del Dios de Israel.
Todos estaban asombrados, ¿cómo era posible que estas personas estuvieran hablando en sus idiomas sin haber estudiado su dialecto? Eso era algo que nunca antes se había visto, bueno, a decir verdad, ni oído.
Si bien estaban celebrando el día de Pentecostés, ¿qué mejor forma de celebrarlo aquel día, si el propósito era conmemorar la celebración de los primeros frutos? Ahí estaban esos ciento veinte nuevos frutos que habían nacido de aquel selecto grano de trigo que días atrás había muerto para luego dar mucho fruto, y quién mejor que su Santo y Glorioso Espíritu para venir a cada uno de esos ciento veinte frutos y hacerles crecer y fructificar.
Jamás volverían a ver una celebración como esta, en la que el mismo Dios interviniera de forma tan convincente sobre su pueblo. De manera que lo ocurrido llamó tanto la atención de todos los habitantes y visitantes de Jerusalén, quienes buscaban respuestas lógicas que pudieran comprender sobre lo que veían y oían. Unos alababan a Dios, otros estaban en shock, otros simplemente creían que todo esto era producto del licor, y es que generalmente, ante un evento así, muchos sin tener entendimiento sobre lo que ocurre tienden a especular, y este no era un caso común, así que no fue la excepción.
Reflexión
Me pregunto: ¿cómo esperarían la venida del Espíritu Santo los discípulos? Quizás pensarían que sería un hombre físico, ¿como Jesús? En verdad no sé qué más cosas pudieron haber pensado; lo cierto es que ninguno de ellos creyó que vendría como realmente lo hizo, «De repente».
Nosotros anhelamos la llenura del Espíritu Santo, pero no sabemos cómo vendrá a nosotros ni cuándo; sólo sé que, cuando menos pensamos, llega y lo hace de la forma que menos creemos. Solo sabemos que, después de que ocurre ese momento, jamás volvemos a ser los mismos. El gozo es inexplicable; no se puede describir con palabras lo que se siente ser llenos de su Presencia. Nos hace tan sensibles a su voz, solo queremos estar adorándole, exaltándole, no tenemos temor a nada; solo sabemos que Él está en nosotros y que lo último que queremos es entristecerle. Nos hace sentir tan seguros, su compañía es tan evidente que lo último que queremos es estar sin Él. Solo hasta ese momento entendemos las palabras del Señor: es necesario que yo me vaya, para que Él venga, y es tan cierto, porque la vida que deseamos vivir en santidad y obediencia solo comienza a vivirse cuando se es lleno de su Santo Espíritu.
Llamado a la acción
No significa lo mismo «estar ahí» que «ser parte de algo»; aquellos hombres que llegaron se maravillaron de lo que sucedía, otros simplemente criticaron y juzgaron. No obstante, creo que el mejor lugar para estar era entre aquellos que experimentaron la llenura del Espíritu Santo. Así que, mis queridos hermanos, hoy los invito a que seamos prestos a la búsqueda de su presencia. Un corazón humillado no será rechazado por el Señor, así que lo mejor que podemos hacer es buscarle, no importa lo que suceda, simplemente hacerlo con todo el corazón. Aquellos hombres que experimentaron esto no estaban allí solo por estar o porque algo sobrenatural llamó su atención; lo hicieron y se mantuvieron allí, solo por producto de la obediencia a Dios. ¿Quieres experimentar algo similar? Obedécele, búscale, persevera; llegará el momento indicado en el cual puedas experimentar esta sensación.
Oración
Precioso Papá, te agradezco tanto por no dejarme solo, por enviar al mejor de los guías, al mejor de los maestros, al mejor de los pastores, tu Santo Espíritu, gracias Padre, es la mejor persona que has podido delegar para que me ayude a ser victorioso en tu nombre, gracias porque Él es mi todo, sin él nada puedo, pero con Él soy más que vencedor, en el nombre de Jesús. Amén.
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