Editado por: Manuel Monsalve
Basado en Hechos Capítulo 5:17-42
Texto de estudio
El sumo sacerdote y sus funcionarios, que eran saduceos, se llenaron de envidia. Arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública; pero un ángel del Señor llegó de noche, abrió las puertas de la cárcel y los sacó. Luego les dijo: «¡Vayan al templo y denle a la gente este mensaje de vida!». Así que, al amanecer, los apóstoles entraron en el templo como se les había dicho, y comenzaron a enseñar de inmediato. Cuando llegaron el sumo sacerdote y sus funcionarios, convocaron al Concilio Supremo, es decir, a toda la asamblea de los ancianos de Israel. Luego mandaron a sacar a los apóstoles de la cárcel para llevarlos a juicio; pero cuando los guardias del templo llegaron a la cárcel, los hombres ya no estaban. Entonces regresaron al Concilio y dieron el siguiente informe: «La cárcel estaba bien cerrada, los guardias estaban afuera en sus puestos, pero cuando abrimos las puertas, ¡no había nadie!». Cuando el capitán de la guardia del templo y los sacerdotes principales oyeron esto, quedaron perplejos y se preguntaban en qué iba a terminar todo el asunto. Entonces alguien llegó con noticias sorprendentes: «¡Los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo enseñando a la gente!». El capitán fue con los guardias del templo y arrestó a los apóstoles, pero sin violencia, porque tenían miedo de que la gente los apedreara. Después llevaron a los apóstoles ante el Concilio Supremo, donde los confrontó el sumo sacerdote. —¡Les ordenamos estrictamente que no enseñaran nunca más en nombre de ese hombre! —les dijo—. En lugar de eso, han llenado a toda Jerusalén con la enseñanza acerca de él, ¡y quieren hacernos responsables de su muerte! Pero Pedro y los apóstoles respondieron: —Nosotros tenemos que obedecer a Dios antes que a cualquier autoridad humana. El Dios de nuestros antepasados levantó a Jesús de los muertos después de que ustedes lo mataron colgándolo en una cruz. Luego Dios lo puso en el lugar de honor, a su derecha, como Príncipe y Salvador. Lo hizo para que el pueblo de Israel se arrepintiera de sus pecados y fuera perdonado. Nosotros somos testigos de estas cosas y también lo es el Espíritu Santo, dado por Dios a todos los que lo obedecen. Al oír esto, el Concilio Supremo se enfureció y decidió matarlos; pero uno de los miembros, un fariseo llamado Gamaliel, experto en la ley religiosa y respetado por toda la gente, se puso de pie y ordenó que sacaran de la sala del Concilio a los apóstoles por un momento. Entonces les dijo a sus colegas: «Hombres de Israel, ¡tengan cuidado con lo que piensan hacerles a estos hombres! Hace algún tiempo, hubo un tal Teudas, quien fingía ser alguien importante. Unas cuatrocientas personas se le unieron, pero a él lo mataron y todos sus seguidores se fueron cada cual por su camino. Todo el movimiento se redujo a nada. Después de él, en el tiempo en que se llevó a cabo el censo, apareció un tal Judas de Galilea. Logró que gente lo siguiera, pero a él también lo mataron, y todos sus seguidores se dispersaron. »Así que mi consejo es que dejen a esos hombres en paz. Pónganlos en libertad. Si ellos están planeando y actuando por sí solos, pronto su movimiento caerá; pero si es de Dios, ustedes no podrán detenerlos. ¡Tal vez hasta se encuentren peleando contra Dios!». Los otros miembros aceptaron su consejo. Llamaron a los apóstoles y mandaron que los azotaran. Luego les ordenaron que nunca más hablaran en el nombre de Jesús y los pusieron en libertad. Los apóstoles salieron del Concilio Supremo con alegría, porque Dios los había considerado dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús. Y cada día, en el templo y casa por casa, seguían enseñando y predicando este mensaje: «Jesús es el Mesías».
Hechos 5: 17 – 42
Estudio
El sumo sacerdote y sus funcionarios, que eran saduceos, se llenaron de envidia. Arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública; pero un ángel del Señor llegó de noche, abrió las puertas de la cárcel y los sacó. Luego les dijo: «¡Vayan al templo y denle a la gente este mensaje de vida!». Así que, al amanecer, los apóstoles entraron en el templo como se les había dicho, y comenzaron a enseñar de inmediato. Cuando llegaron el sumo sacerdote y sus funcionarios, convocaron al Concilio Supremo, es decir, a toda la asamblea de los ancianos de Israel.
Luego mandaron a sacar a los apóstoles de la cárcel para llevarlos a juicio; pero cuando los guardias del templo llegaron a la cárcel, los hombres ya no estaban. Entonces regresaron al Concilio y dieron el siguiente informe: «La cárcel estaba bien cerrada, los guardias estaban afuera en sus puestos, pero cuando abrimos las puertas, ¡no había nadie!».
Cuando el capitán de la guardia del templo y los sacerdotes principales oyeron esto, quedaron perplejos y se preguntaban en qué iba a terminar todo el asunto. Entonces alguien llegó con noticias sorprendentes: «¡Los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo enseñando a la gente!». El capitán fue con los guardias del templo y arrestó a los apóstoles, pero sin violencia, porque tenían miedo de que la gente los apedreara. Después llevaron a los apóstoles ante el Concilio Supremo, donde los confrontó el sumo sacerdote. —¡Les ordenamos estrictamente que no enseñaran nunca más en nombre de ese hombre! —les dijo—. En lugar de eso, han llenado a toda Jerusalén con la enseñanza acerca de él, ¡y quieren hacernos responsables de su muerte! Pero Pedro y los apóstoles respondieron: —Nosotros tenemos que obedecer a Dios antes que a cualquier autoridad humana.
El Dios de nuestros antepasados levantó a Jesús de los muertos después de que ustedes lo mataron colgándolo en una cruz. Luego Dios lo puso en el lugar de honor, a su derecha, como Príncipe y Salvador. Lo hizo para que el pueblo de Israel se arrepintiera de sus pecados y fuera perdonado. Nosotros somos testigos de estas cosas y también lo es el Espíritu Santo, dado por Dios a todos los que lo obedecen.
Al oír esto, el Concilio Supremo se enfureció y decidió matarlos; pero uno de los miembros, un fariseo llamado Gamaliel, experto en la ley religiosa y respetado por toda la gente, se puso de pie y ordenó que sacaran de la sala del Concilio a los apóstoles por un momento. Entonces les dijo a sus colegas: «Hombres de Israel, ¡tengan cuidado con lo que piensan hacerles a estos hombres! Hace algún tiempo, hubo un tal Teudas, quien fingía ser alguien importante. Unas cuatrocientas personas se le unieron, pero a él lo mataron y todos sus seguidores se fueron cada cual por su camino. Todo el movimiento se redujo a nada. Después de él, en el tiempo en que se llevó a cabo el censo, apareció un tal Judas de Galilea. Logró que gente lo siguiera, pero a él también lo mataron, y todos sus seguidores se dispersaron. »Así que mi consejo es que dejen a esos hombres en paz.
Póngalos en libertad. Si ellos están planeando y actuando por sí solos, pronto su movimiento caerá; pero si es de Dios, ustedes no podrán detenerlos. ¡Tal vez hasta se encuentren peleando contra Dios!». Los otros miembros aceptaron su consejo. Llamaron a los apóstoles y mandaron que los azotaran. Luego les ordenaron que nunca más hablaran en el nombre de Jesús y los pusieron en libertad. Los apóstoles salieron del Concilio Supremo con alegría, porque Dios los había considerado dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús. Y cada día, en el templo y casa por casa, seguían enseñando y predicando este mensaje: «Jesús es el Mesías».
Reflexión
Cómo era de esperarse, la reacción del pueblo ante el poder de Dios obrando a través de los discípulos provocó una gran envidia en aquellas autoridades religiosas que no aceptaban que el Dios de Moisés estuviera con los discípulos y los usara de la forma en que estaban siendo usados. Sin embargo, querían convencer al pueblo de que todo lo que ellos hacían no era más que engaños para que todos les siguieran. Como no podían detener la obra del Señor, entonces decidieron arrestar a los discípulos y prohibirles rotundamente volver a hablar en el nombre de Jesús. Mientras tanto, todos se reunieron para ver cómo detenían este crecimiento, pues la gente alababa a Dios por todo lo que hacía a través de los discípulos y muchos se añadían a la iglesia.
Dios mismo envió a sus ángeles a liberar a sus siervos para que continuaran haciendo la tarea que les había asignado: predicar, enseñar su palabra. La liberación de aquella cárcel fue algo que ninguno comprendió, pero lo cierto es que los discípulos estaban en el templo enseñando y muchos estaban allí escuchando el mensaje.
La decisión que tomaron las autoridades no fue aceptada por los discípulos quienes manifestaron que ellos estaban para obedecer a Dios antes que a cualquier autoridad humana, esto provocó aún más ira y decidieron entonces que debían matarles, pero Dios uso a uno de ellos para impedirlo dando un consejo sabio, pues si la obra era de Dios ninguno la podía detener, pero si era de hombres eso se caería.
Siempre que un hombre, mujer, joven o iglesia es usado por Dios para traer bendición, el enemigo se levanta para idear estrategias de cómo impedir esa obra. Y es que Satanás es muy astuto; lo vemos en la forma en que usó a las mismas autoridades de la iglesia para intentar detener la obra de Dios. También vemos la radicalidad y determinación de los discípulos, quienes no se detuvieron ante ese ataque, sino que dejaron en claro que ellos no iban a dejar de hacer la obra de Dios. De la misma manera, hoy nosotros debemos ser radicales en nuestra determinación de servirle a Dios, no permitir que nada detenga lo que Dios nos ha enviado a hacer, porque será Dios mismo quien nos defiende y abra caminos para que su propósito se cumpla en nosotros y a través de nosotros.
El prometió ir delante de nosotros, enderezar los caminos torcidos, quebrantar las puertas de bronce y deshacer los cerrojos de hierro; lo hizo con los discípulos y también lo hará con nosotros, porque el que prometió es fiel y justo para darnos lo que ha prometido, y si él empezó esa buena obra, no parará hasta terminarla.
Luego de azotar a los discípulos les dejaron en libertad, ese castigo severo que recibieron fue recibido con gozo por parte de los discípulos quienes se consideraron privilegiados porque habían participado del sufrimiento de Jesús.
Llamado a la acción
Me pregunto: ¿qué tan privilegiada me siento cuando sufro penalidades a modo de malhechor por causa de la palabra del Señor?
Sinceramente, el gozo es algo que no experimento siempre; más bien, lo que viene es tristeza. Pero hoy entiendo que esas afrentas que se reciben por parte de aquellos que ignoran la obra de Dios y su poder hacen que en nosotros se transforme en un gran peso de honra. De manera que los vituperios que podamos recibir por causa de servir y obedecer a la palabra de Dios siempre traerán bendición a nuestra vida. No debemos atemorizarnos por causa del enemigo, sino levantarnos con el poder del Espíritu Santo y seguir adelante en obediencia a Aquel que nos sacó de las tinieblas a su luz admirable.
Oración
Amado Papá, me da alegría saber que por medio de las tribulaciones que enfrentó por causa de obedecer tu palabra tengo parte en tu reino, gracias por fortalecerme a través de tu Santo y Glorioso Espíritu, ayúdame a vivir cada día de mi vida en obediencia a tu Palabra, y a tu llamado, gracias por ayudarme a comprender que no es mi obra sino la tuya y que tengo el privilegio de participar de ese supremo llamamiento, perdóname por las veces que he callado o me he detenido por temor a lo que pueda hacerme el hombre, hoy confieso tu palabra que si tú estás conmigo quien contra mi y mayor es el que está conmigo que el que está en el mundo y creo que el Dios de paz aplastará en breve a satanás debajo de nuestros pies, en el nombre de Jesús Amén.
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