Devocional diario: Convicción.

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Editado por: Manuel Monsalve

7–11 minutos

Contenido

  1. Lectura
  2. Reflexión

Lectura

El sumo sacerdote le preguntó a Esteban si lo que decían de él era cierto, y él contestó: «Hermanos y padres, escúchenme: Nuestro glorioso Dios se mostró a nuestro antepasado Abrahán cuando estaba en Mesopotamia, antes de que emigrara a Jarán, y le dijo: “Deja tu tierra y a tus parientes, y ve a la tierra que yo te mostraré.” Entonces Abrahán salió de Caldea y se fue a vivir a Jarán. Después murió su padre, y Dios trajo a Abrahán a esta tierra, donde ahora ustedes viven. Pero no le dio en ella ninguna herencia; ni siquiera un lugar en donde poner el pie. Pero sí le prometió que se la daría, para que después de su muerte fuera de sus descendientes (aunque en aquel tiempo Abrahán todavía no tenía hijos).

Además, Dios le dijo que sus descendientes vivirían como extranjeros en tierra extraña, y que serían esclavos, y que los maltratarían durante cuatrocientos años. Y también le dijo Dios: “Pero yo castigaré al pueblo que los haga esclavos, y después saldrán de allá y me servirán en este lugar.” En su alianza, Dios ordenó a Abrahán la práctica de la circuncisión. Por eso, a los ocho días de haber nacido su hijo Isaac, Abrahán lo circuncidó. Lo mismo hizo Isaac con su hijo Jacob, y este hizo lo mismo con sus hijos, que fueron los padres de las doce tribus de Israel. »Estos hijos de Jacob, que fueron nuestros antepasados, tuvieron envidia de su hermano José, y lo vendieron para que se lo llevaran como esclavo a Egipto. Pero Dios, que estaba con José, lo liberó de todos sus sufrimientos.

Le dio sabiduría y lo hizo ganarse el favor del faraón, rey de Egipto, el cual nombró a José gobernador de Egipto y jefe del palacio real. »Después hubo hambre y gran aflicción en todo Egipto y en Canaán, y nuestros antepasados no encontraban alimentos. Pero cuando Jacob supo que en Egipto había trigo, mandó allá a sus hijos, nuestros antepasados. Este fue el primer viaje que hicieron. Cuando fueron por segunda vez, José se dio a conocer a sus hermanos, y así el faraón llegó a saber de dónde provenía José. Más tarde, José ordenó que su padre Jacob y toda su familia, que eran setenta y cinco personas, fueran llevados a Egipto. De ese modo Jacob se fue a vivir a Egipto; y allí murió, y allí murieron también nuestros antepasados.

Los restos de Jacob fueron llevados a Siquén, y allí en Siquén fueron enterrados, en el sepulcro que Abrahán había comprado por cierta cantidad de dinero a los hijos de Jamor. »Cuando ya se acercaba el tiempo en que había de cumplirse la promesa que Dios hizo a Abrahán, el pueblo de Israel había crecido en Egipto y se había vuelto muy numeroso. En ese entonces comenzó a gobernar en Egipto un rey que no había conocido a José. Este rey, astuto y cruel con nuestro pueblo, maltrató a nuestros antepasados; los obligó a abandonar a sus hijos recién nacidos para que murieran. En aquel tiempo nació Moisés, que era un niño extraordinariamente hermoso, y sus padres lo criaron en su casa durante tres meses.

Cuando tuvieron que abandonarlo, la hija del faraón lo recogió y lo crio como si fuera su propio hijo. De esa manera Moisés fue instruido en la sabiduría de los egipcios, y fue un hombre poderoso en palabras y hechos. »A la edad de cuarenta años, Moisés decidió visitar a los israelitas, que eran su propio pueblo. Y al ver Moisés que un egipcio maltrataba a uno de ellos, salió en su defensa y, para vengarlo, mató al egipcio. Y es que Moisés pensaba que sus hermanos los israelitas se darían cuenta de que por medio de él Dios iba a liberarlos; pero ellos no lo entendieron así. Al día siguiente, Moisés encontró a dos israelitas que se estaban peleando y, queriendo ponerlos en paz, les dijo: “Ustedes son hermanos; ¿por qué se maltratan el uno al otro?” Entonces el que maltrataba a su compañero empujó a Moisés y le dijo: “¿Y quién te ha puesto a ti como jefe y juez entre nosotros? ¿Acaso quieres matarme, como mataste ayer al egipcio?” Al oír esto, Moisés huyó y se fue a la tierra de Madián.

Allí vivió como extranjero, y tuvo dos hijos. »Cuarenta años después, en el desierto, cerca del monte Sinaí, un ángel se le apareció en el fuego de una zarza que estaba ardiendo. Moisés se asombró de ver aquella visión, y cuando se acercó para ver mejor, oyó la voz del Señor, que decía: “Yo soy el Dios de tus antepasados. Soy el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.” Moisés comenzó a temblar de miedo, y no se atrevía a mirar. Entonces el Señor le dijo: “Quítate las sandalias, porque el lugar que estás pisando es sagrado. Claramente he visto cómo sufre mi pueblo que está en Egipto. Los he oído quejarse y he bajado para liberarlos. Por lo tanto, ven, que te voy a enviar a Egipto.” »Aunque ellos habían rechazado a Moisés y le habían dicho: “¿Quién te nombró jefe y juez?”, por medio del ángel que se le apareció en la zarza Dios lo envió como jefe y libertador.

Y fue Moisés quien sacó de Egipto a nuestros antepasados, después de hacer milagros en aquella tierra, en el mar Rojo, y en el desierto durante cuarenta años. Este mismo Moisés fue quien dijo a los israelitas: “Dios hará que salga de entre ustedes un profeta como yo.” Y cuando Israel estaba reunido en el desierto, fue también Moisés quien sirvió de intermediario entre el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y nuestros antepasados; y fue él quien recibió palabras de vida para compartirlas con nosotros. »Pero nuestros antepasados no quisieron obedecerlo, sino que lo rechazaron y quisieron regresar a Egipto. Le dijeron a Aarón: “Haznos dioses que nos guíen, porque no sabemos qué le ha pasado a este Moisés que nos sacó de Egipto.” Entonces hicieron un ídolo que tenía forma de becerro, mataron animales para ofrecérselos, y celebraron una fiesta en honor del ídolo que ellos mismos habían hecho. Por esto, Dios se apartó de ellos y los dejó adorar a las estrellas del cielo. Así está escrito en el libro de los profetas: “Israelitas, ¿acaso en los cuarenta años del desierto me ofrecieron ustedes sacrificios y ofrendas? Por el contrario, cargaron con el santuario del dios Moloc y con la estrella del dios Refán, imágenes de dioses que ustedes mismos se hicieron para adorarlas.

Por eso dejaré que sean desterrados más allá de Babilonia.” »En el desierto, nuestros antepasados tenían la tienda de la alianza, que fue hecha tal como Dios se lo ordenó a Moisés cuando le dijo que la hiciera según el modelo que había visto. Nuestros antepasados recibieron esta tienda en herencia, y quienes vinieron con Josué la trajeron consigo cuando conquistaron la tierra de los otros pueblos, que Dios expulsó delante de ellos. Allí estuvo hasta los días de David, quien por gozar del favor de Dios le pidió ser quien edificara un santuario para los descendientes de Jacob; Aunque el Dios altísimo no habita en templos hechos por manos humanas. Como dice el profeta: “El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué clase de casa podrían construirme?, dice el Señor; ¿cuál será mi lugar de descanso, si yo mismo hice todas estas cosas?” »Pero ustedes —continuó Esteban— ¡son tercos!, ¡no quieren entender!, ¡son duros de corazón! Siempre están en contra del Espíritu Santo. ¡Igual que sus antepasados! ¿A cuál de los profetas no maltrataron sus antepasados? Ellos mataron a quienes habían hablado de la venida de aquel que es justo; y ahora que este justo ha venido, ustedes lo traicionaron y lo mataron. Ustedes, que recibieron la ley por medio de ángeles, ¡no la cumplen!»

Hechos 7:1-46,48-53

Reflexión

Esteban, no aboga en ningún momento por él o por su condición, aunque realmente era injusto que lo estuvieran culpando de algo que no hizo. ¿En realidad puede ser posible que alguien actúe de esta manera? Tal era la confianza de aquel hombre en Dios, que sí, además de por el hecho de que significa que estaba lleno del Espíritu de Dios, Él era quien hablaba en ese momento. Vale la pena tomarse el tiempo de leer estas palabras; un hombre dio su vida para decirlas, y de qué manera.

No se si alguno de ustedes han estado en una situación en la cual los acusan de haber hecho algo que en realidad nunca hicieron, es realmente frustrante, no obstante, cuando se le da la oportunidad de hablar, que no es siempre, lo que siempre procuramos buscar es la manera en la cual salir bien librados, y poder esclarecer aquello que parece acusarnos.

Ahora yo pregunto, para Dios, ¿la muerte de uno de nosotros es significativa? ¿Por qué mantenemos ese aprecio tan exagerado por vivir? He aquí una de las cuestiones tal vez más difíciles para nosotros. Recuerdo que cuando niño, en algún momento de mi vida pensaba que no quería morir nunca; me preguntaba en mi cama: “¿será que es necesario morirse de verdad?” Y la verdad es que me aterraba la idea de enfrentarme a la oscuridad total, o bueno, no sé a qué. No obstante, me tranquilizaba pensando: «aún me falta mucho para eso», pero lo hacía porque la idea de pensar excesivamente en eso me aterraba.

Luego de un tiempo, y de un par de años recorridos, he podido comprender que verdaderamente no es tan significativo este evento; en realidad, si amamos a Dios, no tiene por qué ser tan complejo. Tenemos la confianza de que estaremos con Él. De hecho, hace un par de días tuve que hablar del tema con mi hijo, y verán, no es fácil tratar un tema así con un niño de 10 años, pero esto me ayudó a recordar mi pensamiento al respecto. Ahora veo por qué fue necesario ese momento, para poder hoy transmitirlo a ustedes a través de estas líneas.

Tal era la convicción de Esteban, que prefirió aprovechar la oportunidad, ya que en ese momento tenía la atención de todos, para aportarles algo bueno hasta el final; se parece mucho a nuestra actitud hoy día contra nuestros agresores, procuramos que se vean beneficiados en todo momento. Si realmente conocemos a Dios, y Él ha hecho una obra en nuestro corazón, entenderemos que es necesario seguir el ejemplo de nuestro buen Dios. Es el único camino que nos conduce hacia la libertad.


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