Lo que somos, lo que olvidamos.

por

in

Es el inicio de un nuevo día. Mientras se prepara una taza de café, piensa en lo absurda que muchas veces parece la vida: “te esfuerzas en sobremanera para alcanzar aquello que deseas, luchas incansablemente, y cuando al fin lo logras, ya no tienes vida para disfrutar”. No importa lo que hagas, siempre la vida llegará al mismo punto de inflexión: ese momento en el que sopesas lo que tienes y lo que quieres, y al final entiendes que nunca tendrás suficiente.

Pero hay que continuar. De manera automática, piensa en lo que debe hacer: “espero que el tráfico no esté tan pesado”, murmura, mientras hace un poco de pereza sentado en la sala, aún con la pijama puesta, y scrolea las redes sociales. Además de la dosis de cafeína, necesita esa dopamina que genera la pantalla, que absorbemos sin pensar, pero que día tras día se vuelve una necesidad cada vez más difícil de controlar.

Bueno, es hora. Toma la toalla y entra a la ducha, lleno de pensamientos que más que motivarlo, lo obligan a arreglarse. Lo hace. Enciende la moto y deja de lado aquello de que debe calentar antes de arrancar. Después de todo, “esos motores de hoy en día no lo necesitan”. Se sube y sale por la autopista, rumbo a su destino matutino, siguiendo la misma ruta de siempre: “¿para qué ponerle trabajo a la mente si podemos hacer lo simple?” Continúa, sin pensarlo demasiado; más bien le estresa el poco flujo de caja que tiene disponible para el día.

Rumbo al trabajo, piensa en todo aquello que no quiere pensar. Y es que si existe un lugar apropiado para pensar en mil cosas, es conduciendo. Sus pláticas consigo mismo son extensas, cargadas de emoción y ánimo. No entiende que nadie, excepto él, está escuchando. Se desahoga, dice mil cosas, y omite —según cree— las consecuencias de hacerlo. Así hace terapia personal y, cuando llega a su trabajo, puede tener una sonrisa como la de siempre.

Realiza sus actividades al mínimo posible, pues “¿para qué esforzarse tanto, si al final me pagan lo mismo?” Evade una o dos tareas, fingiendo estar ocupado, o usando la vieja confiable de “que no me vean”. Para cambiar un poco la rutina, se toma un par de minutos para bromear con sus compañeros. Un par de risas son un pequeño bálsamo. Así transcurre el tiempo, hasta que puede volver a casa, luego de un día lleno de actividad física y mental que saturan su espíritu —ese que ignora por completo— pensando que lo difícil de la situación es la falta de efectivo.

No obstante, y sin demeritar lo valioso que tiene el dinero, muchos vivimos la vida pensando que lo relevante es lo que tenemos. Pero siendo honestos, más allá de lo que poseemos, nos invade el sentimiento constante de lo que somos, o más bien, de aquello a lo que realmente le dedicamos tiempo. Muchos creen que ir a trabajar es dedicarle tiempo al trabajo, pero si hiciéramos una contabilidad del tiempo que pensamos en lo “malo” de nuestro presente, les aseguro que el tiempo invertido sería mucho mayor.

A lo que más le dedicamos tiempo no solo determina lo que terminamos siendo, sino también lo que es más relevante para nuestra mente y corazón. Por eso, si descuidamos lo que verdaderamente importa, no podemos esperar que nuestra vida florezca.

Muchos viven ignorando que no solo somos sueños, también somos realidad. Proyectarnos y tener metas es necesario, pero no podemos olvidar vivir y disfrutar el proceso. La vida se trata de eso: de agradecer cada mínimo elemento del cual podemos disfrutar. Hay que darle importancia a lo que realmente la tiene. Sé que esto que se trata en estas líneas no es más que aquello que muchos viven día tras día, tal vez no en el sentido literal de cada palabra, pero sí metafóricamente similar. Y es que se siente “que hay algo que falta”.

Ese “algo” es uno de los elementos más importantes que tenemos: el espíritu. Aunque nos queramos oponer, tenemos un espíritu dentro de nosotros. Es nuestra esencia, y puede dañarse de maneras irreparables. Lo más triste es que por pensar en nosotros, dejamos de hacerlo. No, no es un error en la escritura. Es que realmente nos dejamos llevar por aquello que queremos ser, impulsados por lo que se “supone” que debemos ser, olvidando por completo lo que realmente somos. En muchos casos, somos humildes y sencillos, y disfrutamos de serlo. Y no está mal. De eso se trata un poco: hay que aprender a servir para poder valorar el servicio de los demás cuando llegue su momento.

Es necesario que aprendamos algo realmente importante: no solo se trata de cumplir nuestros sueños, se trata de disfrutarlos. Si no lo hacemos, no tiene ningún sentido luchar por ellos. Construye lo que deseas, busca la verdadera manera de hacerlo, y seguro que encontrarás una forma clara de lograrlo.

Ahora bien, ¿cómo podemos cuidar el espíritu? Es sencillo: ir a la fuente. Conocerte no solamente a ti mismo, sino dedicarte tiempo, disfrutar de las pequeñas cosas, aprender a sobreponerte a los problemas. Nuestro espíritu es la representación del soplo de Dios en nuestra vida. Es algo que viene de Él directamente como un regalo. Es aquello que nos permite sentir, disfrutar o, incluso, estar hastiados de muchas cosas. Por eso, ese aliento debe ser fortalecido a través de la conexión íntima con Él. Esto se logra de muchas formas; la más efectiva es hablarle desde el corazón, sentado, de pie o como quieras, abriendo el alma sin atajos, sin censuras. Él conoce absolutamente todo, pero está atento, porque tu voz es un deleite.


Descubre más desde Manuel Monsalve

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario