Devocional diario: llegamos a Jerusalén.

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Editado por: Manuel Monsalve

3–5 minutos

Texto de estudio

Después de esto, empacamos nuestras cosas y salimos hacia Jerusalén. Algunos creyentes de Cesarea nos acompañaron y nos llevaron a la casa de Mnasón, un hombre originario de Chipre y uno de los primeros creyentes. Cuando llegamos, los hermanos de Jerusalén nos dieron una calurosa bienvenida. Al día siguiente, Pablo fue con nosotros para encontrarnos con Santiago, y todos los ancianos de la iglesia de Jerusalén estaban presentes.

Después de saludarlos, Pablo dio un informe detallado de las cosas que Dios había realizado entre los gentiles mediante su ministerio. Después de oírlo, alabaron a Dios. Luego dijeron: «Tú sabes, querido hermano, cuántos miles de judíos también han creído, y todos ellos siguen muy en serio la ley de Moisés; pero se les ha dicho a los creyentes judíos de aquí, de Jerusalén, que tú enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que abandonen la ley de Moisés. Ellos han oído que les enseñas que no circunciden a sus hijos ni que practiquen otras costumbres judías. ¿Qué debemos hacer? Seguramente se van a enterar de tu llegada.

»Queremos que hagas lo siguiente: hay entre nosotros cuatro hombres que han cumplido su voto; acompáñalos al templo y participa con ellos en la ceremonia de purificación, y paga tú los gastos para que se rapen la cabeza según el ritual judío. Entonces todos sabrán que los rumores son falsos y que tú mismo cumples las leyes judías. »En cuanto a los creyentes gentiles, ellos deben hacer lo que ya les dijimos en una carta: abstenerse de comer alimentos ofrecidos a ídolos, de consumir sangre o la carne de animales estrangulados, y de la inmoralidad sexual».

Hechos de los Apóstoles 21: 15 – 25

Estudio

Pablo continúa su viaje hacia Jerusalén; él sabe que, seguramente, al llegar caerá preso, es una de las amenazas que más probabilidad tiene de cumplirse. Durante su recorrido, se encuentra con que muchos le dicen a Pablo que no debe ir a ese lugar, todos ellos guiados por el Espíritu Santo.

El problema es que Pablo está obstinado en ir; él no teme nada, ni siquiera la muerte. Sabe muy bien que el valor de su vida no se encuentra en apreciarla precisamente, sino en restarle valor a él, para que Cristo crezca dentro de sí.

No importan las advertencias, nada hace titubear a Pablo. Cuando al fin llega a Jerusalén, se reúne con los demás líderes de la iglesia primitiva, es decir, los discípulos de Jesús. Ellos también tienen un plan para aminorar la severidad de los castigos o aún evitar que aquel compañero pase por toda esta tribulación, por lo que le plantean una nueva idea con el fin de ayudarle.

Reflexión

Creo con profunda convicción que el mensaje detrás de toda esta enseñanza no es otro diferente a que no debemos valorar en sobremanera nuestra vida, sino que es nuestro deber sobreponer el amor por el Señor; Pablo es un gran ejemplo de esta negación constante, su amor hacia Dios fue algo que lo caracterizó, pasó de ser perseguidor de la iglesia, algo que también en su momento lo caracterizaba, a ser ahora obstinado con predicar.

Si me preguntan a mí, seguramente luego del primer aviso del Espíritu Santo de que no quería que fuera a ese lugar, automáticamente hubiera cambiado el rumbo, y seguramente todos los creyentes hubieran entendido perfectamente la situación; después de todo, el Señor le estaba diciendo que no fuera, que no debía hacerlo. No obstante, el hecho por el cual Pablo continuaba su viaje no era la intención de desobedecer, es decir, él no lo hacía por rebeldía, sino que lo hacía porque, para él, el proteger su vida no era motivo suficiente para dejar de compartir el mensaje de salvación.

Muy seguramente tenía la esperanza de que algunos otros judíos escucharan el mensaje y creyeran en el Señor; ya lo había visto, como eso era posible, hacía parte de su repertorio de experiencias a lo largo del mundo. Es demasiado destacable el hecho de que menospreciara tanto su vida, seguramente por alcanzar a otro.

Llamado a la acción

Oración

Amado Dios, te ruego que dirijas cada uno de mis pasos en este nuevo día, permíteme, Señor, enamorarme de Ti como lo hizo Pablo, aquel hombre que le restó valor a su vida, con tal de alcanzar a otros. Dame un poco de eso, amado Dios, sobre todo aquella convicción de que no importa la dificultad que esté pasando, Dios está conmigo, que Él es mucho más que todas las dificultades de la vida juntas, y que no se trata de que no experimentemos el dolor o la tristeza, sino de que aún en medio de ello podamos entregarte nuestras cargas y podamos crecer en fe. Gracias, amado Dios, en el nombre de Jesús. Amén.


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