Editado por: Manuel Monsalve
Basado en Hechos 27: 1 – 12
Texto de estudio
Cuando decidieron embarcarnos hacia Italia, Pablo y los otros presos fueron entregados a un centurión llamado Julio, del batallón Emperador. Nos subimos, pues, a un barco del puerto de Adramitio, que estaba a punto de salir hacia los puertos de la provincia de Asia. Con nosotros iba Aristarco, un macedonio de Tesalónica. Al día siguiente llegamos al puerto de Sidón, donde Julio trató a Pablo con mucha consideración, pues lo dejó visitar a sus amigos y ser atendido por ellos. De Sidón navegamos por la isla de Chipre para protegernos del viento, pues lo teníamos en contra. Cruzamos el mar frente a Cilicia y Panfilia, y llegamos a Mira, ciudad de Licia. Allí el centurión encontró un barco de Alejandría que iba hacia Italia, y nos hizo embarcar en él. Durante varios días navegamos lentamente, y a duras penas llegamos a ver Gnido. Como todavía teníamos el viento en contra, tuvimos que navegar al abrigo de la isla de Creta, frente a Salmón. Seguimos navegando con dificultad a lo largo de la costa y llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del pueblo de Lasea. Como se había perdido mucho tiempo, y era peligroso viajar por mar porque se acercaba el invierno, Pablo les aconsejó: —Señores, veo que este viaje va a ser muy peligroso. Podríamos perder tanto el barco como su carga, ¡y hasta perder la vida! Pero el capitán de los soldados hizo más caso al dueño del barco y al centurión que a Pablo. Y como aquel puerto no era bueno para pasar el invierno, casi todos pensaron que era mejor salir de allí e intentar llegar a Fenice, un puerto de Creta que mira al sudoeste y al noroeste, y pasar allí el invierno.
Hechos 27:1-12
Estudio

Ahora es el momento en el que Pablo es llevado hacia su último destino, según lo relatado en el libro de los Hechos. En este caso, se dirige a Roma para ser juzgado por el mismo emperador, más conocido como el César. Sin embargo, este viaje era algo especial, pues el ejército no transportaba a los reos en un barco especial, sino que lo hacía valiéndose de aquellos que se encontraran disponibles en los puertos; de esta manera, viajaban de destino a destino con dirección a su meta principal.
Sin embargo, algo es interesante, y es que Pablo era un hombre que había sido transformado por la palabra y la presencia del Señor en su vida. Esto se veía reflejado en muchas cosas; su proceder no era lo lógico para la época, pues en el supuesto de que a cualquier preso le dieran una oportunidad de escaparse, este lo haría sin más. Pablo, por el contrario, se mantenía en la prisión, pues sabía que más que lo que los hombres dijeran, lo importante era lo que el Señor deseaba; su confianza estaba puesta plenamente en Él.
Él quiso dar su opinión, teniendo en cuenta todo lo que veía, su experiencia y raciocinio. No obstante, esto no fue algo que los demás escucharon; ellos más bien tenían sus ojos puestos en otras cosas; por lo tanto, no consideraron los riesgos de sus actos, sino que sólo procedieron según su parecer.
Reflexión
He perdido la cuenta de cuántas veces me he equivocado en mis decisiones, por pensar en otra cosa diferente a la guía de Dios, por supuesto, por pretender simplemente actuar, dejando de lado la sensatez que viene de habitar en su presencia.
Es algo similar a hablar con alguien que siente una atracción muy fuerte por tomar; para él, hacerlo es algo normal, no lo ve como una prisión, sino que lo ve como un descanso. Pero esto está ligado a su deseo y dependencia. Lastimosamente, no somos conscientes de que necesitamos en exceso algo, hasta el momento en el que ya nos causa daño.
Algo similar es el pretender actuar según nuestra libertad o nuestro pensamiento; por un lado, se encuentran aquellos deseos o necesidades que queremos saciar, y por el otro, la verdad, que muchas veces no es la que queremos escuchar. Cuando nos acercamos a Dios para escuchar su voluntad y atender a su direccionamiento, es como cuando aquella persona que mencionábamos hace un momento abre los ojos y se da cuenta de que tal vez sí existe algo que no sea del todo bueno en medio de lo que vivimos.
El centurión no quiso escuchar a Pablo, aun cuando sus palabras eran sensatas; estoy seguro de que nosotros muchas veces hemos actuado igual, basados en nuestros propios pensamientos, dejando de lado la voluntad de Dios y, por lo menos, preguntándole qué opina al respecto de lo que vamos a hacer.
Llamado a la acción
Es importante reconocer que muchas veces nos dejamos llevar por nuestros pensamientos, dejando de lado aquello que el Señor espera que hagamos, que no es nada diferente a consultarle sobre lo que Él desea para nuestras vidas. No obstante, lo hemos hecho, y aun cuando sintamos muchas cosas en este momento, ya no existe nada que podamos hacer para retroceder el tiempo y omitirlo o actuar diferente; simplemente ya está.
Pero algo es claro, y es que mientras tengamos vida, es posible mejorar nuestra forma de actuar, es posible reconciliarnos con el Señor; de hecho, es lo que también espera de nosotros: que reconozcamos nuestra situación y le busquemos aún con todos nuestros errores. Permitámosle ser nuestro amigo durante el proceso, que sea su mano y su Espíritu el que nos sostenga cuando sentimos que no podemos más.
Oración
Amado Padre, tú más que nadie conoces mi situación, mi estado actual. Perfectamente conoces cada uno de mis aciertos y tropiezos, porque has estado a mi lado en cada uno de ellos, siempre ayudándome sin importar nada más que tu amor por mí. En realidad, me sorprende la manera en que me amas, que estás dispuesto a escucharme, dispuesto a amarme, dispuesto a esperarme, aun cuando debo ser yo quien en realidad lo haga, no tú, pues tú ya hiciste todo para mi bienestar. Tan solo es que muchas veces ignoro tu voluntad. Enséñame, oh Dios, a actuar basado en tu voluntad, en el nombre de Jesús. Amén.
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